—Si le parece á V., podemos pasar á lo de la nieve...

—Con mucho gusto.—He aquí mi tesis, contenida en otro cantar: si la nieve es mala para los pobres,

la culpa tiene el dinero.

Y, á propósito; debo manifestar á Vds. una gran idea económica que se me ocurrió el otro día.—Saben Vds. cuánto hablan hoy en favor de la moneda los mismos poetas y filósofos que antes la llamaban vil metal. Saben Vds. también los conflictos que diariamente surgen en España y en otros paises por falta de metálico y abundancia de papel. Saben Vds., en fín, que todos los economistas convienen en que la supresión del dinero sonante traería consigo la ruina de la sociedad... Pues bien; yo he encontrado un medio de abolir la moneda, dejando á la sociedad en el mismo estado en que se halla.

—Apelará V. al crédito...

—No señor. Eso es el papel.

—Al cambio de objetos, como en los tiempos patriarcales...

—Tampoco.

—Pues, ¿de qué manera?

—Contrayendo deudas y no pagándolas...—No se rían Vds., ni se indignen contra mi proposición; que en ella no hay broma ni cinismo.—Sería una medida general.—Nadie le paga á nadie.—Yo, por ejemplo, no le pagaría al maestro de coches: el maestro de coches tomaría un palco en la Zarzuela y lo dejaría á deber: la empresa de la Zarzuela ajustaría cantantes y no les daría un maravedí: los cantantes comerían en la fonda, y dirían ¡vuelvo!: el fondista haría lo mismo con el carnicero, el pescadero, el cazador y el hortelano: el hortelano tomaría fiado en la tahona: el tahonero debería el trigo al labrador: el labrador no llevaría la renta al propietario: el propietario no pagaría las contribuciones, y el Gobierno le debería á todo el mundo!—Y, á propósito del Gobierno: de esta manera, no habiendo oro, plata, cobre, billetes de banco ni papel del Estado, resultaría que todos los ministros serían sumamente morales, á no ser que se dedicaran á robar cuadros y alhajas, cosa que ni siquiera puede imaginarse, sobre todo en nuestra hidalga nación.—Por lo demás, ya no habría jugadores, ni monederos falsos, ni multas, ni depósito exigido por la ley de imprenta, ni amor vendido por esas calles...