—¡Qué fastidio!

—¡Oh!... Vizconde... ¡todo lo ve V. de la misma manera! ¿Hay nada más delicioso que un día de nieve?

—¡Cómo, Marquesa! (exclamó el Barón, que entraba en aquel momento). Una dama tan filantrópica como V., que defiende á capa y espada la Rifa de la Inclusa, y está medio ofendida porque no le han dado á regentar en ella una tienda de juguetes, ¿verá con gusto estos horribles días en que el pobre no trabaja ni encuentra pan, en que el viajero pierde el camino y se hiela, y en que los niños que no tienen zapatos pisan una alfombra... que les ulcera los sabañones?...

—¡Calló el polaco y empezó el progresista!—¡Ah, señores: son Vds. insoportables con su cosa-pública! La nieve, la Rifa, la temperatura, todo lo convierten en artículos de fondo...—Venga V. en mi ayuda, señor folletinista, y sáqueme V. de este atolladero.

—Seré breve, Marquesa; pues sabe V. que me aguardan.—Todos tienen Vds. razón. La Rifa de la Inclusa, los perjuicios que la nieve causa á las clases pobres, y la imposibilidad de pasear en estos días, ofrecen sus contras y sus ventajas...

—Esa es una salida de unión-liberal; quiero decir, pastelera... Pero, en fín... hable V., principiando por la Rifa.

—La Rifa, Marquesa, es la diablura más santa que se ha podido inventar;—y perdóneme V. la frase.

—¡Oh! no se la perdono... Al contrario: pido que se escriban esas palabras.

—Las explicaré. Es ya una santa diablura el que las damas más elegantes y más hermosas de Madrid se sitúen la Semana Santa en las puertas de los templos, armadas de sus mantillas españolas, de sus dientes de azúcar de pilón y de sus ojos de miel negra, nos cierren el paso á los buenos católicos que vamos andando las Estaciones sin acordarnos de ustedes (por no quebrantar la vigilia ni áun con el pensamiento), y nos digan con voz de ángeles caidos:—Señorito, una limosna por el AMOR... de... Dios...—Pero es todavía más santo y más diabólico el que esas mismas irresistibles misioneras se pongan sus más caseros y peligrosos trajes, se vayan al ex-convento de la Trinidad, tomen á su cargo una tienda, se coloquen detrás del mostrador y empleen en contra de sus mejores amigos aquella fatal literatura de: No puedo darlo más barato... No lo encontrará V. por el mismo precio... ¿Qué quisiera yo sino vender?... Me cuesta más... Uno igual se ha llevado el Embajador de Andorra, etc., etc.—¡Reconózcalo V., Marquesa! Esto es santo por el fín; pero diabólico por los medios.—¡Yo lo confieso! Por regatear con la Duquesa de... (iba á decir de tres estrellas, y me parece poco)... con la Duquesa de todas las estrellas, me dejaría en su tienda, no sólo el dinero, sino el bastón y hasta la ropa. Pues por jugar á la lotería con la Marquesa de X... ó con la Condesa de Z... ¡no digo nada los sacrificios que pueden hacerse!—Perdone mi amigo Hazañas; pero en las loterías de la Trinidad hay premios más gordos que en las que él dirige.—¡Y cuenta que en la Trinidad sólo se juega á la primitiva!—Por eso sin duda inventaron nuestros padres aquel cantar:

Si quieres que te toque
la lotería,
juega con el lotero
siquiera un día.