—¡Es absolutamente necesario! Fernando Pérez (ó sea Juan Valera), el folletinista de El Estado, nos ha remitido á V.—Conque así...
—¡Oh! ¡Fernando Pérez!... ¡Él me la pagará!—En cuanto á mí, Marquesa, ya se lo dije á V. el otro día; yo soy demasiado salvaje para hablar de ciertas cosas. Es más; yo no podría acercarme al bello sexo para estudiar sus toilettes, sin correr grave riesgo de enamorarme.—Luego, yo abomino la política de nombres propios, ó sea aquello de «La señorita de X llevaba... La baronesa de J. parecía... La señora de H. tenía puesto...»—¡Yo estoy por los principios!—Sin embargo, recordaré algunos pormayores (no pormenores), ya que Vds. lo desean.
El primero y principal, es la exquisita finura con que la Condesa del Montijo... etc., etc., etcétera... (Pongan Vds. aquí todas las generales de la ley.)—Lo segundo que recuerdo es aquella casa, donde el lujo y la moda están maravillosamente armonizados con el arte; donde el buen gusto brilla tanto, que eclipsa los mármoles y el oro, y donde la elegancia corre parejas con las antigüedades históricas. La Galería árabe, que se estrenó aquella noche, me trasportó á mi Granada. Allí, entre aéreas columnas, entre flores y cristales, á la luz de lámparas moriscas, viendo por un lado el cielo salpicado de estrellas, y por otro los espléndidos salones, salpicados de astros de hermosura, soñé con la Alhambra de otros días, con Andalucía y con Oriente, con Zulemas y Zoraidas, con los cuentos de las Mil y una noches y con las visiones de mi adolescencia.
—Al orden, señor folletinista...
—¡Tiene V. razón, Marquesa! ¡Estamos en Madrid!—Pues bien: hasta como madrileño, puedo referir prodigios de aquel inolvidable sarao.—¡V. las conoce! ¡V. las habrá visto reunidas muchas veces!...—Hablo de esas cien beldades, de quince á cuarenta años por cabeza, que se mueven juntas, como los sistemas solares, ó como las golondrinas cuando viajan, y que contemplamos, ora en el Teatro Real, ora en los salones de los condes de Galen, ya en los de Osma, ya en la Embajada de Rusia, ya en la Fuente Castellana...
¡Todas, todas estaban allí! Luceros, estrellas, planetas, satélites, constelaciones (ó sea familias de ángeles), nebulosas (ó sea mujeres incomprensibles), la Estrella Polar (ó sea la dama de las bellas perlas, oriunda del Norte...), la noble é indomable Vesta; el Lucero del Alba; Héspero, ó sea la enlutada y melancólica estrella de la tarde; la irresistible Venus, y otros muchos astros que fuera prolijo nombrar. Porque allí estaban (como ha dicho muy profundamente Fernando Pérez), las señoras de A. E. I. O. U. y las señoritas de B. C. D. F. G. H. J. K. L. LL. M. N. Ñ. P. Q. R. S. T. V. X. Y. Z., entre las cuales las había bellas, hermosas, bonitas, interesantes, esbeltas, lánguidas, distinguidas, elegantísimas, rubias, morenas, graciosas, discretas, dulces y saladas (por lo que aconsejo á cada una que se apodere del adjetivo que le corresponda). Allí estaban, por último (pasando á terreno más ingrato), todas las condecoraciones de Europa, la mitad de los títulos de Castilla, la tercera parte de los ministros y ex-ministros de la Corona, algo de las Letras y de las Artes, toda la Diplomacia, mucho del Ejército de mar y tierra, no pocos diputados, el suficiente número de pollos, y una respetable cámara alta de mamás.—Ahí tienen Vds. aquella fiesta inolvidable, aquella noche semi-oriental, semi-parisién, aquellas horas dulcísimas, cuya desaparición lloraríamos con lágrimas de sangre, si de la amabilidad de la Condesa no nos prometiésemos otras muy parecidas.—¡Allá voy, Barón!—Perdone V., Marquesa; me llaman para jugar al tresillo.
TERCERA VISITA.
FEBRERO LOCO.—LA RIFA DE LA INCLUSA. LA ABOLICIÓN DEL DINERO.
—Se lo anuncié á V., Marquesa: ¡estamos perdidos! Febrero no lloró al subir al poder después de la muerte de su padre el viejo Enero, y ha concluido por volverse loco.—Dice el proverbio valenciano: Si la Candelaria plora, el inverno fora; y si non plora, ni dins ni fora... Ahora bien: el día de la Candelaria no llovió, y, desde entonces, el termómetro y el barómetro han perdido el juicio. Cada veinticuatro horas nieva, llueve, está raso, hace calor, hiela, silba el viento y pica tanto el sol que busca la sombra el perro.—Demos un adios, por consiguiente, á la Fuente Castellana, al Retiro, al Prado, á la montaña del Príncipe Pío y á la cuesta de la Vega...
—Pero ¿qué tiempo hace esta noche?
—Ahora nieva, si hay que nevar. ¡No parece sino que allá en el cielo nuestros patronos los Bienaventurados van á emigrar por causas políticas, según la prisa que se dan á romper cartas y memoriales! El aire y la tierra están cuajados de pedacitos de papel...