—¡Dale! ¡V. quiere volvernos al estado natural!—Amigo barón: los trenes, las fiestas y los palacios son la riqueza de las clases trabajadoras. El magnate no come ocho veces al día. De todas sus riquezas apenas consume lo que su criado de V.—El resto es para la industria, para el comercio, para los artistas, para los menestrales.—Cada baile de esos que exaltan la bilis del liberal irreflexivo, llena de oro el bolsillo de los guanteros, de las modistas, de los sastres, de los tapiceros, de los cazadores, de los pescadores, de los confiteros, de los perfumistas... ¡Qué sé yo!—¡La función es para ellos!—Al cabo de la noche, V., que ha dado el baile, se halla con menos dinero en el bolsillo, fatigado de atender á todo el mundo y muerto de sueño, mientras que el comerciante se despierta muy gordo y colorado, y le cuenta á su costilla el gran negocio que hicieron el día anterior á costa de V.

—Señora: el Sr. Morón está en la sala.

—Que pase aquí.

—Siento haber comido fenomenal Marquesa...

—Lo creo... lo creo, Sr. D. Fermín; pues, según deciamos hace poco, no bastan todas las riquezas del mundo para comprar la dicha de comer dos veces seguidas.

Suspendida aquí la discusión, la Marquesa dijo, levantándose:

—Tomemos café, y entremos en la orden del día.—El folletinista de La Época tiene la palabra para describirnos el baile que dió anoche la condesa del Montijo.

—En efecto... (añadió Dolores), esa es la cuestión del día. Hoy no se habla de otra cosa en Madrid...

—¡Oh! Marquesa... ¿En qué berengenal me mete V.? Yo soy incompetente...