—Entre personas lógicas, toda discusión va á parar á eso.—Veamos ahora el tema primitivo...

—Principiamos por el lujo.—El Barón, que, como V. sabe, es progresista, tronaba contra él.

—¡Tronaba contra él, y al mismo tiempo abogaba por el progreso del arte y la industria!—añadió el Vizconde.

—¡Es decir, que aumentaba la mercancía y suprimía los consumidores!—concluyó la Marquesa.

—¡Cómo, señora!—exclamó el Barón.

—¡Nada! Progresando, progresando..., quería V. volvernos al estado natural.

—¡Señores! ¡yo he dicho eso?

—Lo decía V. en el mero hecho de combatir el lujo (replicó la Marquesa); y yo le he contestado que sin grandes capitales no puede haber armonía social. Nivele V. la riqueza, y Samper y Pizzala están demás en el mundo. Nivele V. la condición de los hombres, y se acabaron las artes, las ciencias y la literatura.—Para que haya Pasmos de Sicilia (por ejemplo), es menester un capitalista, amante del lujo, que pueda pagar á Rafael Sancio el trabajo de muchos meses, y varios obreros, rudos y pobres, que saquen los colores de las entrañas de la tierra, tejan el lienzo y siembren el lino, en tanto que el artista viaja estudiando Museos.—Las artes y el lujo son inseparables.—Aristocracia y sabiduría significan una misma cosa.—Y es justo: ¡Antes de que la sociedad desnivelase las fortunas, Dios había desnivelado las inteligencias!—El tonto será siempre precursor del pobre. Hacer la guerra á los ricos, es hacérsela á los necesitados.—Elija V. entre estas teorías y las del comunismo.—Ahora, si V. me pide el derecho de todos á todo..., eso es otra cosa. ¡Cuente V. conmigo contra los privilegios artificiales!

—¡Bravo, Marquesa!—exclamaron todos los convidados.

—¡Pero es que irritan (dijo el Barón) esos alardes de lujo, esas fiestas esplendorosas, esos trenes, esos palacios...!