—Ello es que llego á tiempo...

—Sí; por una casualidad... ¡Todos los pícaros tienen Vds. suerte!—En fín... Dé V. el brazo á Manuela.—Vamos, Barón.

—Dígame V., Manolita: ¿qué ha sucedido aquí, que los encuentro á Vds. tan acalorados? Desde el recibimiento creí oir aplausos, y protestas, y hasta pedir la palabra como en el Congreso.

—¡Justamente! Acabamos de celebrar toda una sesión de Cortes. ¡Se han pronunciado magníficos discursos!

—Supongo que serían contra el Gobierno...

—¡Hola! se alarma el principiante de o'donnellista...

—¡Oh! no, Marquesa... Ya sabe V. que soy ecléctico.

—Entonces, va V. á darme la razón.

—A su lado de V. es difícil tenerla.

—¡Adulador!—Siéntese V. aquí, junto á Manolita.—Vizconde, V. á mi lado.—¡Usted, Barón, que me hacía la contra, á la izquierda, en la Montaña!—Pues verá V., señor poeta, la que se ha perdido. Hemos hablado de economía política, de Bellas artes, del lujo, del derecho al trabajo..., y, por último, de la inmortalidad del alma!