—Hoy no soy folletinista. Llámeme usted poeta.
—Pues ¿qué hay?
—Que el día de hoy ha sido para mí tan grato como solemne. Vengo con el alma llena de poesía...
—¡Oh! y con las manos llenas de violetas...—¿Qué le ha sucedido á V.?
—No ha sido á mí solamente: ha sido á España entera.
—¿Cómo? ¿Hemos tomado á Hué? ¿Hemos vencido á Benisidel? ¿Somos dueños de Vera-Cruz? ¿Ha parecido el Lozoya? ¿Se ha hundido Gibraltar?
—¡No se trata de eso! Mi poesía de hoy es puramente bucólica. Si V. madrugara, ó pasease por las tardes, ya me habría comprendido.—Empiece V. por aceptar unas violetas que he cojido esta mañana en Aranjuez.—¡Ah, Marquesa!... ¡Qué hermoso día ha hecho hoy!
—¿Y es eso todo?
—Sí, amiga mía. ¡Voilá tout!—Hoy ha empezado la primavera de las violetas. Esta mañana á las siete apareció el sol en un cielo limpio de nieblas; el aire tembló alborozado al sentir su cariñosa llama; las aves, enronquecidas por el frío, templaron sus instrumentos y preludiaron el primer canto de amor. Yo me desperté súbitamente, inundado de una inefable dicha, y deseé pasear por el campo, como si estuviéramos en Junio. ¡El grito de resurrección de la Tierra había resonado en mi alma!
—Creo que V. delira, ó, por mejor decir, que efectivamente hoy se ha levantado V. poeta. Yo no he notado nada de lo que V. dice; y, por lo demás, creo que hoy nos hallamos tan en pleno invierno como ayer.