—¡Oh, no, Marquesa! no me equivoco. Yo bien sé que el invierno volverá; que tendremos todavía nieves y lluvias, vientos y nublados; pero la naturaleza ha resucitado ya. La primavera precursora, la pequeña primavera, la primavera de las violetas, ha llegado á Madrid esta mañana.

—Pero ¿qué primavera es esa?

—Yo se lo diré á V.—Entre los últimos hielos del solsticio de invierno y las primeras lluvias del equinoccio, hay quince días risueños, apacibles, esplendentes, que no tienen otro objeto que hacer brotar de la escarcha las primeras flores del año, ó sea las flores de almendro y las violetas. Pero las flores de almendro se hielan por lo regular á poco de abrir, mientras que las violetas perfuman el templo que ha de habitar Flora pocos días después.—Estas dos semanas de sol y eflorescencia son un paréntesis en el invierno, una isla afortunada en medio de un océano furioso, un oásis enclavado en las arenas. También puede decirse que son un preludio, un aviso, una alborada, un arco-iris que anuncia la felicidad á la naturaleza, ó, lo que es más claro, son el primer antojo, el primer capricho, la primera monada de la creación, que se siente preñada de frutos y de flores, de fragancias y de armonías.—Pero me ocurre otra comparación más propia: la primavera de las violetas se parece á los últimos quince días en que las adolescentes llevan pantalones; á esos quince días en que se las ve pensativas y ruborizadas, con el infinito en los ojos, con el corazón de mujer y con los piés á palo seco...—No he dicho con los piés de niña, porque eso le sucede á V. todavía...

—¡Y ya hace tiempo que estoy vestida de largo! ¡Ay!... ¡Pronto cumpliré el medio siglo!

—Nadie lo diría, Marquesa...

—¡Adulador!—¡Vamos! continúe V.

—Pues bien, señora; esa primavera ha principiado. Los cinco y siete grados bajo cero que nos ha regalado Boreas durante el difunto Januario, pertenecen ya á la historia: el estanque del Retiro, el baño de la Elefanta y las charcas del camino de Vicálvaro se han deshelado completamente; los patines y los chanclos de goma han caido en desuso; el sol hace cacarear á las gallinas y desentumece las yemas de algunos árboles; el aire ha adquirido elasticidad y aromas; los gorriones empiezan á hacer de las suyas en los campanarios, mientras que los fieros infanzones de la gatomaquia firman una paz honrosa á la sombra de las chimeneas. ¡Toda la naturaleza, en fín, principia hoy una nueva jornada de vida y reproducción.—¡Ah! Cualquier idea de muerte ó de aniquilamiento parecería ya una pesadilla ó un cuento de Hoffman. ¡Creese un absurdo eso de morir, cuando todo se conmueve y resucita!—Ni ¿cuál será el arbol seco, cuál el corazón gastado que permanezca aterido cuando llueven del cielo promesas de amor y placidísimas esperanzas?—Por el contrario: ¡es tan grato dejar la capa umbrosa y tétrica, atacarse el pantalón de lana dulce, desabotonarse la levita de primavera, calzarse el guante de medio color y dar cuatro vueltas por el paseo de las Estatuas! ¡Es tan dulce comprar flores, comer fresa, revolcarse en los trigos, leer á la sombra de un árbol, fumar en Chamberí hablando con un amigo, tirar á la pistola en la Fuente Castellana, almorzar en la Alameda de Osuna, escribir versos en la Montaña del Príncipe Pío, tomar leche en la Casa de Campo! ¡Es tan hermoso vivir, andar, correr, dar brincos como un corzo, estirarse como un D. Frutos, bailar si llega la mano, armar camorras si nos dan pié, y disputar si nos buscan la boca!—¡Ah, pesimistas! ¡Levantaos á las ocho de cualquiera de estas mañanas de Febrero, salid al campo, dejad por una hora ese aire que os asfixia á fuerza de suspirarlo siempre; mirad á los cielos y á la tierra..., y la paz y la mansedumbre bajarán á vuestro corazón! ¡Mirad esos árboles que pasan sin hojas todo un invierno, y que no por eso desesperan, sino que aguardan confiados la hora de su resurrección!—¡Insensatos! ¡Aprended filosofía en esos alcornoques!

—Usted se entenderá, amigo mío. Yo desconozco á V. esta noche.

—¡Mi reino no es de este mundo, amiga mía!—Pero, á propósito del otro mundo: tengo una tristísima noticia que dar á Vds. ¿Saben Vds. quién ha muerto en Lima á los diez días de llegar?

—¿Quién?