—¡No hay palabra!

—¡Que se le juzgue sin formación de causa!...

—Pues bien: espero mi castigo.

—Ya lo lleva V. en el mismo pecado. Hemos pasado un día delicioso: hemos bailado, cantado, jugado al tute... En fín, no nos hemos acordado de V.

—¡Ah! Matilde... Ese es demasiado rigor.

—Pues hay más: Morón ha pronunciado un discurso; Güell y Renté ha improvisado un coro; el Barón ha hecho juegos de manos; Fernando Pérez ha recitado versos, y nosotras lo hemos coronado de violetas...

—¡Ah traidor! ¡Después de lo que ha dicho de la Marquesa en su Revista de El Estado!

—¡Cómo! ¿Qué ha dicho?

—No puedo contarlo.—Vds. me han retirado el uso de la palabra.

—¡Ah! V. quiere indisponernos. ¡Pues sepa V. que Fernando Pérez me ama, á pesar de mis sesenta años!