—Pues pasemos á otro asunto. Diga V. en La Epoca que nosotras cuatro somos las muchachas más bonitas de Madrid...
—Las más elegantes...
—Las más graciosas...
—¡Misericordia! Me sacarán los ojos las demás.
—Usted no lo dice por todas las demás: V. lo dice solamente por el Angel de la aureola.
—¡Que se escriban esas palabras!—Yo no conozco á ningún angel.
—El Angel de la aureola es una niña que lleva al rededor de la frente un cerco de cabellos de oro, como la luna en el estío.—Son palabras de V. en cierto folletín.
—Lunaque nocturnos alta regebat equos.
—Seamos formales: de lo que debe V. hablar largamente en su artículo es del concierto que hubo el jueves en casa de la condesa del Montijo.
—Eso es entrar en razón. ¡Diré todo lo que ustedes quieran, y todo me parecerá poco!