—Pues bien: describa V. en primer lugar el aspecto fantástico de aquella galería, en el instante supremo en que la señora de Prendergast cantaba el aria de Norma. Dibújela V. tan hermosa y sublime como estaba sobre el estrado que sostenía el piano: elogie V. su dulce y melodiosa voz, su inspirada actitud, su exquisito sentimiento, y sobre todo aquella expresiva fisonomía que tanto hablaba al corazón.—Las paredes cubiertas de enredaderas, las columnas árabes, los agimeces, las lámparas morunas, las flores, la brillante concurrencia, la hermosura y elegancia de las coristas, la afinación y el gusto con que cantaron el coro de la Casta diva y el de la Sonnámbula, y, por último, lo bien que acompañaron y dirigieron los Sres. Inzenga é Iradier, son cosas..., digo personas..., digo...

—¡Bien por Matilde! ¡Eso se llama dirigir un periódico! Me ha dado V. el artículo hecho.

—Además, puede añadir algunas pinceladas que retraten á sus beldades favoritas..., la discreción de la una, la gracia de la otra, el talento de ésta, la impenetrabilidad de aquella...

—¡No!... ¡no!... ¡nada de personalidades!

—¡Pues bien! hable V. entonces del baile que en aquel mismo edén se dió el domingo.

—Eso es otra cosa.

—Amoneste V. á los actores del Teatro Francés para que se vistan mejor. ¡Todos parecen criados!

—Quéjese V. de que hace tres días que no tenemos ópera.

—Truene V. de camino contra la economía de gas que se advierte en el teatro del señor Urríes; economía que no nos permite lucir nuestros encantos...

—Anuncie V. el baile de máscaras que mañana se da en el Teatro Real á beneficio de los pobres, y al cual vamos á asistir todas las damas inofensivas de la corte.