Merced á esta invención, durante las Carnestolendas, puede violarse ese tratado tácito de los individuos, mucho más sagrado que el derecho de gentes.—Porque no lo olvides: cada máscara que va á los bailes es un anónimo: cada una que vocea en el Prado es un pasquín; y el Carnaval en conjunto es un simulacro de la ruina, de la disolución de la sociedad.—Leyes, respetos, sexos, clases, nombres, fisonomías, todo se ve anulado, negado, derogado, escarnecido, en esa espantosa y general revolución dirigida por Momo.

Las máscaras retrotraen las costumbres al estado salvaje. Las convenciones humanas, las verdades legales, los principios que constituyen la vida común de los pueblos, se convierten en objeto de mofa y de ludibrio. Los hombres más graves gozan en establecer y confirmar con sus hechos estas asoladoras conclusiones: «¡Todo es mentira y vanidad en el mundo; todo farsa y locura! Nosotros, los que hoy nos entregamos al placer de burlarnos de nuestras costumbres, de nuestras categorías, de nuestras diferencias y variedades sociales, de nuestros estatutos, de nuestras vestimentas, de nuestros tratamientos, de todas las reglas de la vida, somos los mismos que mañana, metidos otra vez en el molde social, daremos por resultado códigos y catecismos, patíbulos y guerras, suicidios y apoteosis...»

Siento, querida máscara, que el estado de mi salud no me permita continuar...—Tengo mucho sueño.

Madrid 1859.