¡Búscate á tí mismo, y lo encontrarás todo!—me había venido á decir la última máscara.

Encerréme entonces en mi propio pensamiento, y no pude encontrarme á mí mismo.

—¿Qué buscas aquí?—volvieron á preguntarme gentes que adivinan mi amor á lo absoluto.

—No busco nada,—les respondí ya tranquilamente.

Y aquí terminan mis aventuras de anoche.

Entretanto, había yo dejado de considerar aquella fiesta como una broma.

Por el contrario: pensaba ya en que las máscaras son cosa muy seria, tan seria cuando menos como las demás que hay en el mundo.

Y, en efecto, las máscaras tienen su razón de ser: no son una necedad ni una locura: son un goce natural, aunque terrible; racional, aunque espantoso.—Voy á probártelo.

Tú habrás pensado alguna vez en el profundo horror que causan á la sociedad los anónimos y los pasquines, y habrás reparado en que estas armas, tan alevosas como tremendas, apenas se usan en el combate de los más ruines resentimientos. ¡No parece sino que se ha estipulado de antemano no apelar nunca á estos golpes mortales, como se excluye la estocada en ciertos duelos! Y es, realmente, que un maravilloso instinto de conservación advierte á los más desalmados, que el anónimo, y sobre todo el pasquín, acabarían por disolver la sociedad humana.—¡Figúrate, por ejemplo, lo que pasaría en Madrid si mil ó dos mil personas se dedicasen á escribir anónimos á todos los maridos engañados, á todas las mujeres vendidas, á todos los que tienen amigos falsos, á cuantos son objeto de murmuraciones, á los jefes de quienes se burlan los subalternos, á los robados por personas de quienes no sospechan, y á todos los que viven de ilusiones ó bañándose en las aguas del olvido!—Pues añade el pasquín... ¡Imagínate el cinismo, la desvergüenza, el desenfreno que produciría esta murmuración á gritos, y el escándalo, los divorcios, los desagravios, los castigos, los desquites, los horrores que llevaría al seno de las familias!—¡Espanta el pensar en ello!

Ahora bien: como la privación es causa del apetito, la sociedad ha querido disfrutar el bárbaro placer de verse disuelta tres ó cuatro días cada año, y ha inventado las máscaras.