—¡Y, además, una mujer!—añadió la máscara con cierta valentía muy graciosa.
—¡Todavía no has dicho nada! (repliqué yo).—Una mujer es muchas cosas distintas, cuya esencia nadie conoce. Llámase mujer á cinco ó seis arrobas de carne y huesos (tú tendrás cinco y media, que es lo clásico); á una partida de bautismo, si se trata de quien, como tú, lleva un nombre cristiano; á una camisa, unas medias, unas botas, un corsé, un miriñaque, unas enaguas y un vestido, suponiendo que no use más cosas postizas; á un mueble en casa de su esposo, si es casada; al retrato de una futura esposa, si es soltera; á un espectáculo para sus amigas, si las tiene, y, en fín, á otras muchas cosas que no quiero citar...—¡Te aconsejo, pues, que averigües quién eres, qué haces en el mundo, y qué es el mundo!
Creo que ya irás formando idea de lo mucho que me divertí anoche en el baile.
—¿Qué buscas aquí?—me preguntó otra máscara.
—¡Lo busco todo!—le contesté.
—¡Pues búscate á tí mismo!—replicó quien quiera que fuese.
Y desapareció como tú y como la otra máscara.
—¡Que me busque á mí mismo!...—balbuceé medio triste y medio alegre.
Y entonces recordé esta verdad, que me dijo mi padre hace muchos años:
—En el mundo no hay más que el yo de cada hombre. Cada hombre es el mundo. El primer meridiano se hallará siempre donde quiera que tú estés. El universo es un espectáculo dispuesto para tí, aunque cada uno de los demás hombres te considere á tí mismo como parte de su espectáculo. ¡Y es que cada cual lleva en su alma el infinito!