Quizás me equivoco, y no nací soltero, sino viudo.—¡Ay! ¡guardo allá en el alma tales memorias de no sé qué felicidades perdidas!... ¡Llevo en el corazón, desde que me conozco, tal sombra de luto, que ennegrece todas mis esperanzas!...—¿Habré yo vivido otra vez?

De cualquier manera, si yo tuviera esposa, ella sabría que te estoy escribiendo á media noche, á pesar de no conocerte, y la pobre tendría celos, lo cual fuera para mí preferible á esta soledad que me consume...

Pero paso á decirte mis aventuras de anoche.

Anoche se me acercó otra máscara antes que tú, y me preguntó:

—¿Me conoces?

—No te conozco (le respondí); pero, en cambio, tú tampoco te conoces.

—¡Que yo no me conozco! (exclamó la encubierta).—Yo me llamo Juana.

—Eso te figuras tú, porque han dado en llamártelo.

—Te repito que soy Juana.

—Bien; pero Juana es un nombre compuesto de cinco letras: resulta, pues, que tú eres un pedazo de alfabeto.