—¡Si así lo hicieres, Dios te lo premie, y si no, te lo demande!—añadiste lúgubremente, levantando los ojos al techo y perdiéndote entre la muchedumbre.

Voy, pues, á cumplirte mi juramento.

Pero, antes, oye otra cosa.

Son las tres de la noche. En esta tu casa reina un silencio tan profundo, que se oiría cenar á un gusano metido en una calavera.

¡No te asustes, amiga máscara; que la calavera en que estoy pensando perteneció á una mujer inofensiva!

Mis ojos se hallan fijos en la pantalla de la lámpara que hace las veces del sol sobre mi mesa.

En esa pantalla se ve la figura de una princesa china...—¡Es la única mujer en quien, por la presente, puedo fijar los ojos!

Nadie sabe que estoy despierto... ¡Nadie!

¡Ah! ¿por qué nací soltero?—Yo hubiera querido nacer casado.

¡Pero casarse uno mismo!...