¡Y esto sin contar con el magnetismo, que prescinde de todos, que los domina, que los avasalla, que los anula completamente!

Reconozco, sin embargo, que los hay interiores y exteriores, y que los exteriores son cinco, como dice el padre Ripalda...

Pero los interiores... ¿por qué olvidarse de los interiores al hacer la cuenta de nuestros sentidos corporales?

No os hablaré de algunos que por sabidos se callan...—¡Líbreme Dios!

Ni del sexto sentido, ó sentido de la belleza, que estéticos y fisiólogos admiten ya—más ó menos desarrollado, eso sí!—en nuestra raza bípeda y sin plumas, y el cual sirve para apreciar las maravillas del Arte y de la Naturaleza...

Ni del sentido de las cosquillas ó de la risa,—muy digno de atención y hasta de estudio...

Ni del sentido barométrico, que hace subir y bajar el mercurio de nuestro spleen, según el estado de la atmósfera...

Ni del gran sentido, que crea las simpatías súbitas y las antipatías inmotivadas...

Ni del proto-sentido, ó sentido del presentimiento, que nos avisa siempre, con veinte y cuatro horas de anticipación, las desgracias que nos esperan.

Mi único objeto, hoy sábado, es probaros la existencia de un sentido cuyo exclusivo encargo, cuyo destino en nuestro cuerpo, cuya función natural y genuina... es fumar.