Ya oigo que se me replica, que el hecho de fumar, ó sea de humear, de expeler humo,—pues tal es el significado de ese verbo,—pertenece al dominio de los cinco sentidos clasificados por Ripalda.

—«Cojo un cigarro (me decís), y me lo pongo en la boca: le aplico lumbre: el aparato respiratorio me sirve de máquina mneumática: chupo: arde el tabaco y se convierte en humo: percibe el paladar el sabor de una y otra grata sustancia: huélelas el olfato: fijo la vista en las caprichosas espirales de humo que suben al cielo ó en la blanca ceniza que vuelve á la madre tierra, y...—¡negocio concluido!—he fumado

¡Ah! ¡Callad! ¡No digáis eso! No habéis fumado... ¡Eso no es fumar! ¡Vos no merecíais tener tan buenos cigarros! ¡Vos sois como los cerezos, que no se dan cuenta de los amoríos de sus propias flores!

Pero no es vuestra la culpa. La culpa es de la Academia de la Lengua.

Voy á convenceros.

El verbo fumar no expresa de ningún modo la idea á que se refiere: no interpreta, no traduce, no explica el hecho que analizamos: ¡es una palabra inadecuada, antigramatical, contradictoria, absurda!

El verbo fumar debiera ser reflejo, reflexivo; de ninguna manera intransitivo ó neutro, y menos que nada activo ó transitivo, como lo hacéis algunas veces.

En vez de fumar,—fumarse.—¡He aquí lo que debiera decirse!

En lugar de: «Yo fumo después de comer,» la frase reveladora sería: «Yo me fumo después de comer.»

Es decir: yo me humeo; yo me fumeo.