—¿Se fuma V. mucho, fulanito?
—Bastante, señora.
—Mal hecho: no debe V. fumarse tanto: va usted á quedarse hecho un alfeñique.
—¿Y el marqués?
—Está fumándose.
—Fúmate tú.
—Fúmese V...
¡Esto es lo propio, lo racional, lo elocuente, lo que se dirá con el tiempo, Dios mediante!
¡Y ahora me ocurre que, al descubrir el tabaco, ó sea al atinar con su uso, pudieron muy bien nuestros padres explicar este uso sin necesidad de inventar palabra alguna!—¿Acaso no existía el verbo fumigar,—fumigarse?
Pues su aplicación al nuevo acto humano hubiera sido más oportuna que la invención del verbo fumar, ridícula contracción del anticuado fumear!