Porque fumar—hablo ahora del fenómeno, que no de la palabra,—fumar no es, ni lo será nunca, más que para las mujeres y los tísicos, el acto de expeler humo por la boca ó por las narices. (¡Eso sí sería humear!)—Fumar es absorber ese humo; encaminarlo á un determinado sitio; ¡fumigarlo! y, por consiguiente, humearse.
¿Qué sitio es ese? ¿Qué cosa se humea uno?
Cate V. la cuestión. Ya va asomando el sentido de que hablaba hace poco.
Por algo quiero yo convertir de neutro en reflexivo el verbo fumar; por algo predico que el hombre tiene un sentido exclusivamente fumigable...
¿Sabéis por qué?—Porque trato de demostraros que el placer de fumar pertenece al orden de los placeres naturales; esto es, que Dios había previsto el uso del tabaco al crear al hombre.
¡Culpa es del hombre, si ha tardado tanto en caer en la cuenta!—Homo lapsus, etc.
Fumar no es un placer convencional como el de ser calvo, ó como el que producen el frac negro, la pedrería, la cerveza, los Príncipes-Albertos (carruajes muy incómodos) y las poéticas estrofas del himno de Bilbao:—tampoco es un placer artificial como las verdades políticas, como las mujeres coquetas, como un baile de máscaras, como el matrimonio, como una conspiración bien urdida, como el juego ó como las aclamaciones populares.—Fumar es un placer ingénito de la naturaleza humana, como la música, la guerra, el amor correspondido, el sueño, el baile, la mesa, el baño, el vino, la caridad, el revolcarse en un prado la primavera, el adorno personal, los hijos, la murmuración, la caza y la pesca.
Voy á probarlo.
Si el fumar no fuera un placer de la naturaleza, los hijos no se esconderían de sus padres para hacerlo, ni los padres del antiguo régimen, enemigos en todo de las leyes naturales, se lo hubieran vedado tan rigurosamente á sus hijos.