La sociedad, que ha hecho un crimen de todas las funciones inherentes á nuestra vil condición de muñecos de barro; que considera de mal tono el comer por la calle; que no se da por entendida de ciertas flaquezas comunes á todo animal; que ha levantado mil barreras entre el hombre y la mujer (barreras que no pueden saltarse decorosamente sin pagar ese horrible derecho de puertas que se llama matrimonio); la sociedad, hipócrita siempre, que viste á las señoras de manera que aparezcan enteramente al contrario de como Dios las hizo (estrechas por arriba y anchas por abajo, siendo así que ellas son estrechas por abajo y anchas por arriba), ha proscrito en Inglaterra el uso público del tabaco, como ya proscribió antes en aquel mismo pueblo las palabras pantalón, sábana, camisolín y otras. ¿Qué mayor prueba de que el hombre es naturalmente fumigable?

Pensemos, si no, un momento en los efectos y excelencias del tabaco.

Para un verdadero fumador, el cigarro es el primer amigo, el más sabroso manjar, el más fiel compañero de todos sus pesares y alegrías.

Fuma el hombre que está á dieta; fuma el que ayuna voluntariamente; fúmase antes de comulgar; fúmase dentro del baño... ¡No hay ocio que el fumar no entretenga!—El hombre que fuma, nunca está solo.

Cuando habéis perdido una prenda del alma y os espanta la idea de comer ó de beber; mientras recibís el duelo; mientras acompañáis el cadaver al Campo Santo; en las patéticas crisis de vuestro dolor, el cigarro es lícito, conveniente, bien mirado por la sociedad española y por la madre naturaleza, y el único placer que os permitís...—¡Quizás el único lazo que os retiene en la vida!

Nosotros, los que pasamos largas horas buscando en nuestra imaginación mundos ilusorios que presentar ante los ojos de los lectores, á fín de sustraerlos á la realidad de este mundo mezquino, vivimos en una atmósfera de tabaco... Entre nuestros ojos y el papel, flota siempre una nube de azulado humo que idealiza la materialidad de las cosas, en tanto que allá, en el alma, dulces somnolencias y estrañas reveríes vienen á brotar del roce del aroma precioso con el sentido oculto de que hablo.—Este aroma, que calma y embriaga á la vez, que mitiga las penas y endulza los recuerdos, que renueva la inspiración y fomenta la esperanza, es para nosotros lo que el gas para el globo aerostático: nos levanta de la tierra, nos suspende, nos eleva, nos hace recorrer el espacio, nos aisla completamente de toda relación de tiempo y lugar, y anticipa por momentos la hora mística y solemne de la libertad del espíritu.

¡Desgraciado mil veces el que no fuma!—¿Qué hará este sér incompleto, en la orilla del mar, en aquellas horas de infinito éxtasis que siguen á la puesta del sol? ¿Qué velas llevarán su imaginación hacia lo desconocido? ¿Qué alas lo subirán al cielo durante las espléndidas noches de verano? ¿Qué hará en los entreactos de una ópera? ¿Qué, después de comer? ¿Qué, al despertar por la mañana? ¿Qué, durante una larga navegación? ¿Qué, en la ausencia, cuando cierre los ojos para ver las personas queridas? ¿Qué, para no acatarrarse á la salida de un baile en provincias, donde no suele haber coches, si tiene que ir charlando con la beldad que aceptó su brazo para volver á casa? ¿Qué, cuando viaje á caballo por solitarios montes? ¿Qué, cuando convalezca de una enfermedad? ¿Qué, en fín, en aquella hora que sigue al logro de cualquier deseo; cuando, si no fuera por el tabaco, ya no habría razón ninguna para seguir viviendo en un mundo donde todo es igual y acaba del mismo modo?

¡Ah! lo repito: ¡desgraciado mil veces el que no fuma! ¡Y más desgraciado todavía el que fuma... y no tiene buenos cigarros!

Madrid 1858.