—¡Conque anoche estuvo V. en Capellanes!... ¡Vaya una vida!—exclama maliciosamente nuestra presunta madre política, en tanto que nuestra futura esposa calla y cose, más seria que la siempre escamada Juno.

—¡La Vizcondesa estaba anoche en Capellanes!!!—se dicen al oido sus adoradores, llevándose las manos á la cabeza, sin que lo vea el marido.

—¡No me lo niegues! (grita otra mujer arreglando la corbata á su consorte). ¡Tú vienes de Capellanes!

—Pero ¿qué pasa en Capellanes?—me preguntará el benévolo lector.

Va V. á saberlo, amigo mío.—Hoy habrá baile, pues desde Navidad hasta Ceniza, rara es la noche que se cierra aquel local...—Va usted á acompañarme esta noche... La función principiará á las nueve; pero nosotros no iremos hasta la hora de la salida de los teatros, que es cuando la danza se halla en todo su apogeo.—Desde entonces hasta las dos de la madrugada, que se apagan las luces, tiempo tendremos de conocerlo todo...

Ya hemos llegado.—Comience V. á admirar prodigios...

El primero es de baratura...—Lo digo, porque la entrada cuesta diez reales.—La salida... es á gusto del consumidor.

No hay necesidad de quitarse el abrigo, ni la bufanda; pero, si tiene V. calor, puede dejarlos en el guarda-ropa.

¡Vea V. qué galería tan cómoda para descansar!... Es un diván de cien metros que da la vuelta al salón... Aquí se fuma, se duerme, se pronuncian discursos ó se pasea filosóficamente.

Penetremos en el paraninfo ó para... ninfas.