Aquí tiene V. un salón cuadrado, sostenido el techo por cuatro columnas, y muy semejante á un gran patio de Andalucía.
En el espacio comprendido entre los cuatro cenadores, se baila...—¡Porque eso que mira usted asombrado es bailar!
Al rededor se ama á cuarenta grados Reaumur.
Por lo demás, yo creo que en Madrid no hay un local más bonito ni más á propósito para un baile.
El aspecto de la concurrencia recuerda los buenos tiempos de las máscaras.—Aquí, no sólo se viene disfrazados, sino vestidos. ¡Es un baile de trajes en toda la extensión de la palabra!—Aquí tiene V. todo el guarda-ropa de los teatros: Moros, templarios, griegas, manolas, escoceses, Isabeles de Inglaterra, Franciscos primeros, Motezumas, Reinas-Católicas, puritanos, Federicos, Raqueles y Semíramis, andan amigablemente del brazo, ó polkan que se las pelan, ó se ponen como hoja de peregil si llega la mano.
Estas espléndidas máscaras, varones y hembras, son la parte peligrosa del baile... Porque observe V. que los Federicos, los templarios y los Motezumas son también mujeres disfrazadas de hombre!—Yo sé de un amigo mío que logró fijar la atención de una de esas máscaras ilustres, y consiguió á fuerza de muchas instancias (las instancias fueron de él: y lo advierto... porque también ellas suelen instarle á uno), consiguió, digo, llevarla al ambigú.
—Pide algo...—exclamó mi amigo.
Era la una de la noche.
—Mozo, ¿hay puchero?—preguntó Isabel de Inglaterra.
¡Y no es esto lo peor que puede acontecer en Capellanes!...—Pero hablemos de cosas más apetecibles. El lado novelesco y digno de atención de estos bailes lo constituyen ciertas modestas tapadas vestidas de negro, con largos mantos ó anchurosos capuchones, que andan de acá para allá buscando á un marido más ó menos infiel ó á un amante más ó menos afortunado.