Y es que á Capellanes va también la dama non sancta del gran mundo, que ama á un gallardo estudiante del sexto de Leyes y no le ve nunca con desahogo, ni tuvo jamás la dicha de bailar con él.—Para estos, la noche es ideal, sublime, romántica á sumo grado. ¿Qué les importa el mundo que les rodea? ¡Allí está ella, la deidad cuyo coche sigue penosamente en el Prado, cuya mano puede apenas coger en los corredores del teatro Real, y con la que no se ve á solas más que alguna vez en detestable coche simón! ¡Y allí está el incauto joven que la aristócrata aburrida distinguió entre la muchedumbre y elevó á un cielo que nunca soñara!—¡Al fín son libres; al fín andan del brazo por en medio de la multitud! ¡Todo el mundo es testigo de su dicha, y sin embargo, nadie los ve!...—¡He aquí un goce que sólo lo proporcionan las máscaras!

A las dos menos cuarto nadie ve más allá de sus narices.—Se ha bebido, se ha perdido la cabeza á fuerza de bailar, se ha dado el alma al diablo, se ha obtenido la cita, se han marchado las tapadas decentes, se han confundido en un vértigo febril la mentira y la verdad, y las caretas son inútiles, y los respetos sociales una farsa, y los desconocidos se tutean, y las feas parecen hermosas, y todos gritan, todos bailan, todos sueñan, todos reducen el pasado y el porvenir á aquel instante pasajero de locura y fascinación.

—¡Huyamos, amigo mío: huyamos de esta jaula de monos!

II.
LOS BAILES DEL TEATRO REAL.

Las tres noches en que estos bailes presentan su caracter propio,—el segundo día de Carnaval, la noche de Piñata y la consagrada á los Establecimientos de Beneficencia,—el regio coliseo ofrece un aspecto moral y material enteramente distinto del de Capellanes.

En él no hay trajes pintorescos ni aparatosos disfraces. Las mujeres van cubiertas de largos dominós ó mantos negros: los hombres vestidos de media sociedad.—Casi nadie baila: los que se dedican á este placer, ó son tránsfugas de Capellanes ó provincianos inespertos.—Al teatro Real se va más que á nada á desenlazar dramas y poemas ó á empezar novelas sumamente interesantes.

Hay, pues, algo de lúgubre y melancólico en estos bailes de máscaras; algo de serio y de imponente. Allí se dan ciertas quejas, y se hacen ciertas recriminaciones. Allí hablan los que se amaron durante mucho tiempo, riñeron después y dejaron de verse al cabo... De allí salen á veces reconciliados los novios, los amantes y hasta los esposos... Allí tropieza uno con los amigos secretos, con las simpatías ignoradas, con las desconocidas entusiastas que no se ponen en balde la careta... Consejos, noticias, censuras, declaraciones, desengaños..., salen como un vendabal de labios de las mujeres, yendo á turbar la mente de los hombres... La infidelidad, los celos, la venganza, la calumnia, los recuerdos de amor andan encarnados, por decirlo así, en aquellas sombras negras cuyos funerales chillidos van sembrando la desolación y la muerte.

Por lo demás, el local es lujosísimo, la orquesta maravillosa, la concurrencia innumerable. A cierta hora los palcos se llenan, ó de parejas que siguen el drama tête á tête, sin que la protagonista se haya quitado el antifaz, ó de familias pacíficas que han arrojado la inútil máscara y contemplan desde allí el animado espectáculo del salón, como los que ven desde un balcón artificial la catarata del Niágara.

De las tres á las cuatro hay una hora de sosiego, en que ni se baila ni suena la música.

Es que cenan los alegres de corazón.