En tal aprieto, decidieron sus mercedes regalarnos en propiedad y en usufructo el mencionado corral sobrante, para que lo convirtiéramos en teatro exclusivo de nuestras hazañas, é hiciésemos de él lo que se nos antojase, incluso levantar sus tapias hasta las nubes ó cavar su suelo hasta los antípodas, bien que aconsejándonos prudentemente que nos lo repartiésemos por lotes y que lo cultiváramos hasta convertirlo en una especie de jardín-huerta, cuyos frutos y flores perteneciesen de derecho al dueño de cada pedazo.—Á este fín, nuestros padres nos comprarían los necesarios instrumentos de labor y permitirían á los hortelanos y hortelanas mayores de ocho años sacar agua de los pozos con acetres de poco peso y con las debidas precauciones, dando además á un criado orden de regar la tierra de los minúsculos, quienes también podrían arrendarlas á sus hermanos más crecidos.
Con indecible entusiasmo y frenética alegría fué aceptada tan oportuna idea. Inmediatamente se dividió el corral en diez lotes iguales, dejando en medio una calle para vía pública. Hiciéronse escrituras que sirviesen de título á cada cual. Redactáronse leyes y ordenanzas sobre huertos, riegos, servidumbres, etcétera, y ya en adelante no dimos á nuestros padres más trabajo que el de impedir que echásemos raices en nuestra respectiva pertenencia. Todas las horas que nos dejaban libres escuelas y colegios, las pasábamos con el azadón ó el escardillo en la mano, ó sacando agua del pozo, ó haciendo estanques y acequias, ó construyendo pozos en el paseo que corría entre las dos series de huertecillas, ó pintando verjas en las tapias, con almagra y almazarrón, ó labrando encañados para acotar cada propiedad y defenderla de los gatos, ó cambiando entre nosotros tales ó cuales frutos ó semillas; cuando no convidándonos recíprocamente á comer sobre el terreno, y hasta en la mata, las lechugas, las habas ó los pimientos que habíamos criado.—¡Hubo allí agricultor que recogió más de una libra de algunas cosas!
Dicho se está que las primicias de cada cosecha eran llevadas solemnemente á nuestros padres, quienes las celebraban por todo extremo, dispensándoles la honra de disponer, como si fueran frutos de verdad, que se trasportasen á la cocina, y se sirviesen luego á la mesa, en el frito, cocido ó ensalada correspondiente.—Ni dejó de suceder, sino que ocurrió en varias ocasiones, el que los muy amados de nuestra alma fueren á ayudarnos por las tardes ó los días de fiesta en aquellas infantiles tareas agrícolas, ó sea á jugar con nosotros á labradores y hortelanos, prendados al igual de cada huertecillo, por ser obra y llevar el nombre de un hijo de su corazón...
¡Oh! no quiero seguir... Comencé en broma á hablar de mis juegos de la niñez, y ya no caben las lágrimas en mis ojos...
Pasaron ¡ay! aquellos años... Los hermanos más pequeños fueron heredando las abandonadas huertas de los mayores, según que estos iban casándose, ó yéndose del hogar paterno.—Uno murió, y su propiedad fué toda sembrada de siempre-vivas...—Pronto no quedaron hortelanos ni hortelanas que cultivasen, riendo, aquellas liliputienses fincas, y dos ancianos, ya casi solos, tuvieron que cultivarlas llorando, mientras que sus hijos creaban nuevas familias en otras casas, ó recorrían el mundo cargados con el fardo de tan santas memorias...—Apagóse, en fín, aquel hogar: murieron nuestros padres: secóse aquel jardín; ¡desapareció todo!
Mudáronse después los horizontes de nuestra vida, y, por lo que á mí toca, ví á mi alrededor nuevos seres amados, otros niños, muy parecidos á los que jugaban conmigo en la casa paterna, y que jugaban á los mismos juegos que nosotros...—¡Eran mis hijos, no mis hermanos!—Eran estos pedazos del alma que han de sobrevivirme, como yo he sobrevivido á los honrados cónyuges que me dieron el ser...
Así es que, al pensar en los años de mi infancia, paréceme que ahora vivo en otro mundo; pues de mi historia de niño y de agricultor, ya no me queda más que la dulce tristeza con que recuerdo alegrías tan inocentes, dichas tan puras, placeres tan benditos...
Digo mal: también me queda este amor al campo y este culto á la Naturaleza de que dan testimonio mis pobres obras literarias; amor que profeso asímismo á cuantos viven en íntimo contacto con la Madre Tierra,—depositaria de las cenizas de mis padres, que en plazo no muy remoto lo será también de las mías.
1880.