Las tardes de Canícula presentaba la escuela un cuadro digno de los pintores flamencos de costumbres, ó de que entonces hubiera habido fotógrafos. Debía de ser cosa convenida entre el maestro y el pasante que cada uno de ellos dormiría la siesta una de las dos horas que duraba la clase vespertina; el maestro, de tres á cuatro, y el pasante, de cuatro á cinco. Mas, para ello, requeríase ante todo que callaran los ciento veinte muchachos durante aquellas dos horas..., y he aquí cómo se lograba este milagro. Recostábase D. Carmelo en su sillón de vaqueta, y el Sr. Frasquito comenzaba á dar paseos de tigre enjaulado, rápidos y de puntillas, por el único y vastísimo salón (antiguo alhorí) que servía de aula. ¡A callar! gritaba en cuanto el dómine bajaba los párpados, y ya no permitía á ningún niño ni mojar la pluma, ni volver la hoja del libro en que leía, ni rebullirse, ni mirar á nadie ni á nada... Dormíanse todos, por consiguiente, ó aparentaban dormirse, y si alguno abría los ojos ó la boca, ya estaba encima el Sr. Frasquito, amenazándole con la correa hasta que los cerraba. Libres y aseguradas de impunidad las moscas, su largo y monótono zumbido era entonces la única voz que sonaba en la escuela, aparte de los ronquidos del benemérito asturiano, cuya alma, en aquel momento, recorría los campos de batalla de Talavera, Ciudad-Rodrigo y Vitoria... Daba luego la recíproca el maestro al pasante, y á las cinco en punto acabábanse, simultáneamente, la clase y las siestas.—No podían empero llamarse á engaño los padres de los chicos, puesto que también habían logrado que estos les dejasen dormir, y no para otra cosa obligaban tiránicamente al sargento Clavijo á que tuviese escuela las tardes de Canícula, contra la antigua y buena práctica andaluza.
Los sábados en la tarde dirigía siempre el maestro un ligero sermón á sus regocijados discípulos, momentos antes de darles suelta por treinta y nueve horas. Ya se había cantado la Salve, y cada arrapiezo tenía su gorra en la mano (soñando con todo lo que iba á diablear el domingo, desde que Dios echase sus luces hasta bien entrada la noche), cuando D. Carmelo daba un correazo sobre su mesa, en señal de atención, y decía: «Señores: mañana es domingo, día de misa de precepto: no hay clase. Oigan Vds. misa mayor en su respectiva parroquia, y además todas las que puedan, pues las almas del Purgatorio no reciben otro consuelo que el que nosotros les enviamos. Traten con respeto y obediencia á sus padres, á los mayores en edad, saber y gobierno y á las personas de suposición. Besen la mano á los sacerdotes que encuentren en la calle, y socorran á los pobrecitos con los cuartos que hubiesen de gastar en dulces. Por la tarde, vayan Vds. á la novena... tal, y al oscurecer, al Rosario. Y, en fín, vengan el lunes con muchos ánimos de hacerse pronto hombres útiles á sus familias y á la Patria.—Vayan ustedes con Dios.»
Algunos sábados añadía en tono confidencial: «Señores: se está acabando la tinta; traigan Vds. el lunes un cuarto, los que puedan, y los que no, procúrense caparrosa y agallas. En el jardín del Marqués de Tal hay un hermosísimo ciprés, y el jardinero les permitirá que cojan los gálbulos que haya derribado el aire.»
El penúltimo día de cada mes, aunque no fuera sábado, pronunciaba también algunas frases monitorias. «Señores (decía): recuerden Vds. á sus padres que este mes trae treinta (ó veintiocho ó veintinueve, ó bien que mañana es 31), y que, por lo tanto, hay que venir á la escuela con el dinero del pobre maestro, el cual celebraría mucho ser rico y poder enseñar á Vds. de balde.»
Y, en fín, desde 1.º de Noviembre comenzaba á pregonar este otro bando: «Señores: se acerca el día de la Purísima Concepción, patrona de las escuelas. Hay que traer colgaduras, cera, flores de trapo, candeleras, cornucopias, dulces, castañas, frutas secas, garbanzos tostados y demás, para la gran función religiosa, con refresco y todo, que habrá aquí dicho día, y á la que vendrán únicamente aquellos de Vds. que sean buenos y aplicados. También les exhorto á que vayan reuniéndose los domingos en la noche y ensayando los coros á María Santísima, cuya letra y música conoce todo el mundo. ¡Es menester que nuestra función eclipse la de todas las escuelas de Astorga..., donde se hacen con especial magnificencia!»
¡Astorga! ¿Qué nos importaba á nosotros eclipsar á gentes de un país tan distante del nuestro? Pero á D. Carmelo le importaba mucho. ¡D. Carmelo tenía sus pasiones en el particular! ¡D. Carmelo no olvidaba nunca ningún capítulo de su pasada historia! ¡D. Carmelo era un hombre esencialmente retrospectivo!
III.
Pasemos ahora revista, como anunciamos antes, á las asignaturas y textos de aquella famosísima Academia de primera enseñanza, donde aprendieron á leer y medio escribir muchos que han sido luego jueces, promotores, médicos, boticarios, canónigos, catedráticos y hasta periodistas.
Comenzábase por el Jesús ó Abecedario. (Jesús era entonces la primera palabra que profería el niño al comenzar á civilizarse. Después seguía la primera letra del alfabeto.)
Pasábase luego al Silabario y á aprender de viva voz, y hasta con música, todo el Catecismo del Padre Ripalda. Por cierto que al llegar á la pregunta: «Decid niño: ¿Cómo os llamais?,» costaba á algunos mucho trabajo responder al tenor del libro: «Pedro, Juan, Francisco, etc.,» y respondían: Valentín, Manuel, Bonifacio, ó como quiera que se llamaban.