Paréceme que lo estoy viendo..., no á caballo precisamente, pues yo lo conocí ya apeado, sino paseándose sobre los ladrillos de la escuela, como un rey sin trono, y alguna que otra vez en burra, camino de su viña... Era á la sazón más paisano que militar y más eclesiástico que lego... Había llegado á mi muy amada ciudad natal (Jaen), en los últimos años del Rey Absoluto, desempeñando el cargo, casi siempre honroso, de mayordomo de un señor Chantre; y, por muerte del tal Prebendado, heredó aquella viña, un olivar y algunos maravedises, con los cuales puso la escuela... Antes de mayordomo, cuando el Dignidad era todavía simple Canónigo de Leon, Clavijo había desempeñado otra escuela en Astorga, en la Roma de los maragatos...—Constaban documentalmente su nacimiento, bautismo y confirmación, verificados en no sé qué villa de Asturias, así como que había hecho toda la guerra de la Independencia, y llegado, desde humilde ranchero, á sargento segundo de caballería... Tenía una hermosa cicatriz en la frente y, al pecho, la cruz de yo no sé qué cosa... Los mismos conocimientos culinarios que le proporcionaron la plaza de ranchero de su escuadrón debieron de elevarlo, andando el tiempo, á la mayordomía del capitular, hombre que se cuidaba hasta cierto punto; pero lo que aún no he podido averiguar ni discernir es en virtud de qué conocimientos de otra especie fué maestro de escuela dos largos periodos de su vida... Decíase, por último, que en Leon estuvo casado siete meses con una antigua sobrina del Chantre, la cual murió de parto, anticipado según los amigos de su merced, y muy de tiempo, según los enemigos...

Paréceme que lo estoy viendo (vuelvo á decir)... Había nacido en 1788, como lord Byron, y, por consiguiente, tenía cincuenta años cuando á mí me pusieron en su escuela. Érase alto, y recio, aunque no gordo, y su rostro, atezado y vulgar, resultaba grave, y hasta digno, merced á una larga y porruda nariz, de las llamadas borbónicas, y, sobre todo, á un enorme tupé entrecano que hubieran visto con envidia Larra, Martinez de la Rosa y demás elegantones de aquel tiempo. Su vestimenta en la clase, desde el día de San Antonio hasta el de San Miguel, reducíase á un cumplidísimo pantalón de hilo oscuro que le llegaba hasta cerca de la barba, colgado de los hombros por medio de dos tirantes de vendo, y provisto de un ámplio portalón, del tamaño y forma de aquella compuerta que comunica algunos comedores con la cocina, y que se baja, á guisa de mesa, para servir las viandas con mayor comodidad y más calientes... Y digo que su traje se reducía al tal pantalón, porque en verano andaba siempre en mangas de camisa y sin chaleco, aunque sí con la clásica y descomunal corbata de ballena, que entonces era de rigor y que, á mi juicio, sugirió á los criminalistas la idea de sustituir la horca con el garrote. En invierno vestía otro pantalón por el estilo, de paño de Ohanes; chaleco de seda, rameado, de vivos colores, y levita negra, muy alta de cuello, muy larga de faldones y muy estrecha de mangas, aunque no de puños. La corbata era siempre igual, y como inamovible; tanto, que yo creo que dormía con ella. Usaba en todo tiempo recias botas negras de alto cañón, que lucía mucho, por llevar constantemente doblados los perniles de los pantalones, y no recuerdo haberle visto nunca, en ninguna estación, sitio ni hora, sin un pañuelo de los llamados de hierbas, de vara y media en cuadro, echado sobre el hombro izquierdo á manera de alforjas, tal vez porque no había ni podía haber bolsillo en que cupiese tan hermosa pieza.—No fumaba el antiguo sargento; pero sí tomaba mucho polvo, y, cuando se sonaba las narices, parecía que se hundía el mundo, y todos los muchachos quedábamos inmóviles como soldados que oyen la voz de ¡firmes!: ¡tal estruendo hacía el santo varón! Su voz era también estentórea, aunque descubría, en los raptos de furia, alguna que otra nota de vieja. Tenía afeitada toda la cara, excepto el comienzo de las patillas. Pisaba muy ruidoso, á causa de los grandes clavos que orlaban las suelas de sus botas, y ufanábase de no gastar antiparras ni haber tenido nunca sabañones. En cambio, tenía en los piés todo un almanaque de callos, que le anunciaban las mudanzas atmosféricas con tres días de anticipación, y cierta quebradura ó hernia inguinal (quebrancia le llamaba él) equivalente á un termómetro, un barómetro y un higrómetro, instrumentos que no le eran conocidos, y que, áun en el caso de conocerlos, no le habrían librado de tener la hernia.

Conque vamos á clase; es decir, estudiemos á nuestro hombre en el pleno ejercicio de su magisterio.

II.

Pasábamos de ciento veinte los jóvenes amables que nos dirigiamos por aquel camino al templo de Minerva.—Costaba una peseta al mes á los pudientes y dos reales á los pobres recibir el pan intelectual, en forma de palmetazos, de manos del Sargento Clavijo, á quien las Autoridades y otras personas circunspectas solían denominar Don Carmelo.—Por la mañana se entraba en clase á las ocho, lo mismo en Diciembre que en Junio, y se salía á las doce; y por la tarde se entraba á las tres y se salía á las cinco.—Los jueves sólo había escuela por la mañana.

Voy á ver si recuerdo todas las vacaciones del año: diez y nueve días de Pascua de Navidad, ó sea desde Santo Tomás Apóstol hasta Reyes; siete de Carnaval, desde el Jueves lardero hasta el Miércoles de Ceniza; doce de Semana Santa, desde el Viernes de Dolores hasta el Martes de Pascua de Resurrección (todos inclusive); tres de Pascua de Pentecostés; once de ferias; tres de Jubileo de la Porciúncula, y sobre ciento de misa, entre domingos, fiestas y Santos que sólo traían mano en el almanaque (y que son los que después ha declarado Roma no de precepto): total, ciento cincuenta y un días de huelga, sin contar la entrada ó proximidad de los facciosos, la recepción del nuevo obispo, las romerías tradicionales, la llegada de un batallón con música, las elecciones, las rogativas, el exorcismo á la langosta, las grandes nevadas, los días y cumpleaños del padre, de la madre, de los abuelos, de los hermanos, de los tíos, de los padrinos y de la ex-ama de leche de cada alumno, por lo que respectaba al alumno mismo, y sus propios días, cumpleaños, sarampión, escarlatina, viruelas, alfombrilla, catarros, indigestiones, aporreaduras, lutos y repentino destrozo del pantalón ó de la chaqueta...—Pongamos, pues, la mitad del año, y es cuenta redonda.

Pero voy extendiéndome á hablar de cosas comunes á la mayoría de las escuelas de aquellos tiempos, cuando debo circunscribirme á las especialidades de la de mi ex-sargento segundo...

El buen D. Carmelo Clavijo tenía hermosa letra, aunque demasiado gorda y anticuada: letra de canciller del siglo XVII. En cuentas no era ningún Pitágoras; pero á enseñarnos á serlo, como algunos lo fuimos, ayudábale su pasante, pupilero y oráculo, el Sr. Frasquito Sarmiento, antiguo escribiente de la Administración de Millones, y capaz de contarle los pelos al demonio. De lo demás que sabía nuestro héroe trataré en capítulo aparte, cuando examine el programa y los textos semi-vivos y semi-muertos de su escuela.

Cinco eran allí los castigos ó sanciones penales de la enseñanza: 1.º, ponerse de rodillas; 2.º, correazos sobre la ropa; 3.º, palmetazos; 4.º, llevar colgado al cuello ¡todo un día! cierto cartón en que estaba pintado un burro; y 5.º, azotes, ó sea disciplinazos que llamaré pajareros, por ir este adjetivo pegado al innominable (por no decir inefable) sustantivo con que se designaba allí, y áun suele designarse en la vida doméstica, la parte del cuerpo... infantil que los recibía. La correa ó correas (pues había dos) eran de lo más recio que se conoce en materia de pieles, y una tenía D. Carmelo y otra el Sr. Frasquito.—La palmeta, primorosamente tallada y torneada en madera de álamo negro, que es de las más fibrosas y menos quebradizas, ostentaba los cinco agujeros de rigor, en recuerdo de las cinco llagas del Salvador del mundo, y su manejo correspondía exclusivamente al Jefe de la clase. El burro había sido dibujado por la señora de Sarmiento. Y, en fín, los azotes se administraban, tomando á cuestas un adulto al recipiente ó receptor (pues no cabe llamarlo recipiendario), bajándole los calzones y dándole otro adulto con las disciplinas... Ambos oficios, el de picota y el de verdugo, eran muy codiciados, y sólo se concedían al mérito notorio. Las disciplinas se diferenciaban muy poco de las que usan los ascetas; pero tenían la desventaja de no ser esgrimidas por mano propia.

No tacharé, sin embargo, de cruel al maestro Clavijo... ¡Mucho más lo era el pasante! El antiguo sargento distinguíase, por el contrario, como hombre sensible y cariñoso, y recuerdo innumerables rasgos suyos de ternura... verdaderamente maternal (que no paternal) con los muchachos, sobre todo con los pequeñuelos. V. gr. Cuando alguno de estos era víctima de también inefables ó innominables descuidos propios de la infancia, él mismo lo metía en la pila, sacaba agua del pozo, lavábalo como una niñera, enjuagábale luego la ropa, tendíala al sol para que se secara, y, en el ínterin, acostábalo entre las dos zaleas que hacían veces de alfombra en la Presidencia y en la Vicepresidencia, si era invierno, y, si era verano, cubríalo con su moquero de seis cuartas...