Comenzaba la una diciendo:
«Tiene este Reino de España ciento cuarenta CIUDADES, que son: En el Reino de Castilla la Nueva, tal y cual; en el Reino de Navarra, esta y la otra,» etc., etc., y que concluía (lo recuerdo perfectamente) por este rabillo: «En el Señorío de Vizcaya, Orduña.»
¡Y nada acerca de ríos, ni de montañas, ni de límites, ni de ninguna otra particularidad física del territorio español! ¡Nada tampoco de la actual división por provincias, ya realizada entonces! ¡Ni tan siquiera se nombraba á Madrid! ¿Para qué, si no era ciudad? En cambio, justo es decirlo, los que allí estudiamos sabemos hoy perfectamente y podemos lucirnos en cualquier tertulia diciendo de golpe qué poblaciones de España son ciudades y cuáles no. ¡Hemos cantado la lista tantas veces!
Pero vamos al segundo texto geográfico de D. Carmelo.
Decía así literalmente, y creo que no era poco decir:
«Lista de las CÓRTES de los más principales reinos y soberanos europeos:
»Madrid, de España.—París, de Francia.—Lisboa, de Portugal.—Lóndres, de Inglaterra.—Viena, de Alemania.—Roma, de Italia.—Nápoles, de Nápoles.—Varsovia, de Polonia.—Berlín, de Prusia.—Constantinopla, de Turquía.—Copenhague, de Dinamarca.—Estokolmo, de Suecia.—San Petersburgo, de Rusia.—Praga, de Bohemia.—Haya, de Holanda.—Buda, de Hungría.»
Tal era la división política de Europa que se enseñaba en aquella escuela el año de gracia de 1838, y que, según mis noticias, siguió enseñándose otra docena de años.
Salí yo, pues, de manos del sargento Clavijo con una Europa casi fantástica dentro de la cabeza, y sin conocer las reglas de mi lengua patria; y, cual si ya no necesitara estudiar más acerca de lo presente, pasé á una clase de latín á estudiar lo pasado, á aprender una lengua muerta, á enterarme de las guerras púnicas ó de las maldades de Catilina, y á divertirme traduciendo liviandades de la poesía romana.
¡Figuráos, por consiguiente, mi asombro, y también mi admiración al tupé moral del buen D. Carmelo, cada vez que oyese decir y sostener, y probar hasta la evidencia á tal ó cual lectorcillo de El Eco del Comercio, las siguientes verdades: 1.ª que desde 1805 Viena no era la capital de Alemania; 2.ª, que existía en Europa un imperio de Austria, de que yo no tenía noticia; 3.ª, que ni en Roma vivía el Soberano de Italia, ni había tal Italia en el mundo político, como lo demostraba aquello mismo de «Nápoles, de Nápoles;» 4.ª, que Polonia fué despedazada en 1792 y 1793, y dejó de existir en 1795, sin que le hiciese resucitar, como Estado, su heróica lucha en 1830; 5.ª, que Bohemia, desde 1556, no pasaba de ser una de tantas provincias austriacas, y que, por consecuencia, todo lo relativo á tal reino, á su corte y á su soberano, caía por su base; 6.ª, que no otra cosa pasaba con la pobre Hungría, sierva también entonces del emperador austriaco, á pesar de todos los magyares antiguos y modernos..., y 7.ª, que, en cambio, existían en Europa, aunque no en la lista del sargento Clavijo, un reino de Piamonte, otro de Grecia y otro de Bélgica, dignos ciertamente de ser mencionados en las clases de Geografía de las escuelas públicas!