Pues ¡aún hay más!—A modo de posdata de aquella galería de nacionalidades muertas y ensangrentadas, leíase este singularísimo apunte, que mucho me dió que pensar por entonces:

«Nota.—Se ha descubierto una nueva Parte del mundo, á la que se ha puesto el nombre de Oceanía.»

¡Qué enormidad de apéndice! ¡Qué majestad en la incongruencia! ¡Qué lisura, qué desenfado, y qué embuste tan delicioso!

Porque lo cierto es, como sabrán todos los que hayan estudiado en escuelas menos peregrinas, que ni en 1838 acababa de descubrirse ninguna Parte del mundo, ni tampoco fué entonces cuando se puso el nombre colectivo de Oceanía á las islas del gran Océano que no cabía asignar al Asia ó á la América. Inventaron tal nombre los geógrafos á principios del siglo actual, y entre las tales islas figuraban muchísimas descubiertas por Magallanes, Van-Diemen y otros navegantes de los siglos XVI, XVII y XVIII.

Pero, áun así y todo, ¡qué naturalidad, qué frescura salvaje, qué gracia bucólica había en aquella errónea y trasnochada posdata, referente á toda una Parte del mundo! ¡Ah! yo me enorgullezco de haber aprendido algo en semejantes condiciones, de haber tenido tantas ideas falsas, de haber estado en tantos errores! Figúraseme, cuando pienso en ellos, como que he vivido en dos planetas ó en dos siglos muy apartados el uno del otro; que he estado en dos mundos, que he existido dos veces, como acontecerá al que cambia de religión ó al que se casa en segundas nupcias! Por lo demás, permítaseme decir desde ultra-tumba, que me parece mucho más poético aquel modo de ser, en que no sabían las gentes por dónde andaban, ni lo que ocurría más allá del anillo de su horizonte, que este otro en que cualquier mocosuelo es capaz de decirle á uno cuántos lunares tiene en la rabadilla el Primer Ministro del celeste Imperio.

IV.

Ni una palabra más acerca del sargento Clavijo, considerado como profesor de primeras letras, y ¡bien sabe Dios que no ha sido mi ánimo zaherirlo en estos renglones, sino hacer su elogio hasta cierto punto!—¿Tenía él la culpa de no ser un sabio? Y ¿podía enseñarse más y mejor, sabiendo menos? ¿Llegaría nadie á ser maestro de escuela con tan cortas luces y pocas humanidades?—¿Qué digo pocas? ¡Él no tenía más que una, la que manda Cristo, la humanidad que también se llama amor al prójimo!—Y ¿cabe negar mérito á la hercúlea tarea de meterse á enseñar sin saber nada? ¿No revela esto, cuando menos, grandísima fuerza de voluntad, conocimiento del corazón humano, ó profundo y filosófico desdén á la sabiduría? ¿Desconocerá alguien que Sócrates, el ilustre, el insigne, el incomparable maestro de Platón y Antisthenes, acabó por donde empezó el sargento Clavijo, esto es, reconociendo que no sabía nada, ó, por mejor decir, que en el mundo no había nada que saber ni que enseñar?

¡Descanse, pues, tranquilamente mi respetable y querido maestro, el aliado de mi inocencia, el cómplice de mi ignorancia!—A la edad de setenta años, y cuando yo tenía ya veinticinco y rodaba por el mundo, dejó la instrucción pública y se retiró á la vida privada. Un verano, que fuí á mi siempre grata ciudad natal (Jaen), á desaturdirme de las vanidades de la córte y á visitar los pobres majuelos que heredé de mis padres, topé con él en un solitario camino. Iba caballero en la más alegre y lustrosa borrica que haya podido nunca reemplazar sin desventaja á un trotón de guerra. Llevábala enjaezada con estribos, bocado y todo, como si fuese el más brioso corcel, y la ilusión habría sido completa, sin el cesto de uvas y de higos, cubiertos de pámpanos, que sujetaba sobre el arzón con el brazo derecho...

¡Muy viejo estaba!... pero risueño y tranquilo. Lo reconocí en el acto, y él lloró de júbilo al enterarse de quién era yo. Dióme á probar sus higos y uvas, y nos separamos para siempre.

Murió tan digna y feliz persona pocos meses después, y de seguro que inmediatamente subió al cielo, donde, como ya he dicho, no podrían menos de colocarle entre los grandes héroes de á caballo, sin tener para nada en cuenta la parte literaria y pedagógica de su vida.—Mientras tanto, había yo vuelto á la córte, ó sea á mis cuarteles de invierno, y hasta dos ó tres años más tarde, que regresé á mi pueblo á vender unas viñas, no supe que el antiguo maestro de primeras letras sólo vivía ya en la memoria de sus discípulos.