En ellos, nuestra casa es casi siempre nuestra...
En Madrid, casi siempre es del casero.
En provincias, cuando menos, la casa nos alberga veinte, treinta, cuarenta años seguidos...
En Madrid, se muda de casa todos los meses, ó á más tardar todos los años.
En provincias, la fisonomía de la casa siempre es igual, simpática, cariñosa: envejece con nosotros; nos recuerda nuestra vida; conserva nuestras huellas...
En Madrid, se revoca la fachada todos los años bisiestos, se visten las habitaciones con ropa limpia, se venden los muebles que consagró nuestro contacto.
Allí, nos pertenece todo el edificio: el yerboso patio, el corral lleno de gallinas, la alegre azotea, el profundo pozo, terror de los niños, la torre monumental, los anchos y frescos cenadores...
Aquí, habitamos medio piso, forrado de papel, partido en tugurios, sin vistas al cielo, pobre de aire, pobre de luz.
Allí, existe el afecto de la vecindad, término medio entre la amistad y el parentesco, que enlaza á todas las familias de una misma calle...
¡Aquí, no conocemos al que hace ruido sobre nuestro techo, ni al que se muere detrás del tabique de nuestra alcoba, y cuyo estertor nos quita el sueño!