En provincias, todo es recuerdos, todo amor local: en un lado, la habitación donde nacimos; en otro, la en que murió nuestro hermano; por una parte, la pieza sin muebles en que jugábamos cuando niños; por otra, el gabinete en que hicimos los primeros versos...; y, en un sitio dado, en la cornisa de una columna, en un artesonado antiguo, el nido de golondrinas, al cual vienen todos los años dos fieles esposos, dos pájaros de África, á críar una nueva prole...
En Madrid, se desconoce todo esto.
¿Y la chimenea? ¿Y el hogar? ¿Y aquella piedra sacrosanta, fría en el verano y durante las ausencias, caliente y acariciadora en el invierno,—en aquellas noches felices que ven la reunión de todos los hijos en torno de sus padres, pues hay vacaciones en el colegio, y los casados han acudido con sus pequeñuelos, y los ausentes, los hijos pródigos, han vuelto al seno de su familia?—¿Y ese hogar?... decidme... ¿dónde está ese hogar en las casas de la corte?
¿Será un hogar acaso la chimenea francesa, fábrica de bronce, marmol ó hierro, que se vende en las tiendas al por mayor y al por menor, y hasta se alquila en caso necesario?
¡La chimenea francesa! ¡He aquí el símbolo de una familia cortesana! ¡He aquí vuestro hogar, madrileños! ¡Hogar sujeto á la moda; que se vende cuando está antiguo; que muda de habitación, de calle y de patria: hogar, en fín (y esto lo dice todo), que se empeña en un día de apuro!
VIII.
He pasado por una calle, y he oido cantar sobre mi cabeza, entre el ruido de copas y platos y las risas de alegres muchachas, la copla fatídica de mi abuela:
La Noche-buena se viene,
la Noche-buena se vá,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más.
—He ahí (me he dicho) una casa, un hogar, una alegría, una sopa de almendra y un besugo, que pudiera comprar por tres ó cuatro napoleones.
En esto, me ha pedido limosna una madre que llevaba dos niños: uno en brazos, envuelto en su deshilachado mantón, y otro más grande, cogido de la mano.—¡Ambos lloraban, y la madre también!