—¿Me conoces? Yo te dormí en mi regazo mucho tiempo... ¿Por qué me abandonaste? ¡De seguro que no duermes tan bien ahora!

La prenda empeñada y no redimida acusa de ingrato al calavera á quien sacó de un apuro y del que no mereció luego igual merced...

Los uniformes de miliciano de 1836 se rien al ver pasar á los neo-católicos de 1857.

Las sillas de Vitoria que asistieron á la boda de tal banquero, cuando era aguador, hablan pestes de las butacas en que se sienta hoy. El becerro de oro finge no conocerlas, y aprieta el paso. Y las sillas de Vitoria se quedan diciendo, como si lo oyera:

—¡Anda!... ¡anda!... ¡La verdad es que ahora no eres tan feliz como cuando te sentabas en nuestras rodillas!

La pobre arca vieja que guardó antaño el pobre y plebeyo equipo del actual marqués improvisado, se queja amargamente del abandono en que la dejó, y, al verlo cruzar en busca de un libro de heráldica, le sopla al oido estas palabras aterradoras:

—¡Que lo digo!

Aquí un espejo reconoce á su primitiva propietaria, que ya es vieja y fea, y le dice con ferocidad:

—¡Ya me quisieras ahora, infame! Yo te hallé siempre pura y hermosa; pero tú me abandonaste por otros espejos más dorados, que marchitaron tu pureza y hermosura...—¡Hoy te desprecio, y me horrorizo de mirarte!

Allí una cama de matrimonio se cuadra delante de un caballero que lleva del brazo á una señora, y le pregunta por su primera esposa, á quien juró no olvidar.