Presume, sin embargo, de muy sensible, como lo demuestran los hechos siguientes:

Ella ha inventado la familia... universal y la guillotina; el can-can y la Diosa Razón; las naturalezas d'elite y el comunismo.

Ella inició el sacrílego comercio, que ya ha trascendido hasta nosotros, de las mortajitas para niños, y vende dolor hecho en las avenidas del Cementerio del Père Lachaise! ¡Allí encontraréis epitafios de padres á hijos y de esposas á esposos, á cinco francos el lamento! Cuando perdáis un pedazo de vuestro corazón, ya no tendréis que llorarlo, sino que iréis á aquellos almacenes de sensibilidad y diréis al mercader de lágrimas:—«Deme usted una corona de ¡Madre mía!, ó una lápida de ¡Murió á los quince años!»

Esa misma nación envenenó la Europa con su ateismo, y cree hoy que Mr. Hume tiene los malos dentro del cuerpo; incendió la sociedad con sus teorías republicanas, y rindió luego culto al sable de un dictador: plagó la literatura de amores platónicos, de seres ideales, de mártires de la pasión, y arrancaba al propio tiempo las plumas de las alas de Cupido y las vendía por mazos en los escritorios, para dotar con su importe á las sacerdotisas de Mercurio.

Es decir; que ese pueblo, fingiendo todo género de entusiasmos, á fuer de consumado actor que ha sido siempre, especula á la vez con la verdad y con el error, con el bien y con el mal, con la fé y con la duda, con todos los sentimientos humanos... Pero, como no hay farsante ni hipócrita que no se venda y descubra á lo mejor, el peligroso pueblo de que se trata entregó al mundo la clave de su falsía, el secreto de su escepticismo, la patente de su carencia de alma y de sensibilidad, aplicando al pañuelo de la mano ó del bolsillo el denigrante apodo de mouchoir.

¡Mouchoir! ¡moquero!—Así se llamaba el que nuestra madre nos colgaba de la cintura, en la infancia de nuestra vida: así pudo llamarse también el pañuelo de los salvajes en la infancia de la sociedad... Pero darle semejante nombre, hoy que su menos importante uso es el que nos sirve de pretexto para llevarlo á todas partes; recordarle su pecado original, hoy que esos mismos franceses no admiten más aristocracias que la del talento, la de la virtud y la del que ha tenido el talento y la virtud de matar muchos hombres; llamar, en fín, mouchoir al pañuelo, cuando todos los idiomas se afanan de consuno en dar denominaciones figuradas y biensonantes á otras cosas que se emplean en peores usos, es notoria injusticia, es atroz atentado, es horrible arbitrariedad que rechaza la hidalguía española, y que de obligación toca combatir á los descendientes del nunca bien ponderado desfacedor de agravios D. Quijote de la Mancha.

No me propongo otra cosa en el presente artículo, por más que conozca mi pequeñez para tamaña empresa. Dame, empero, confianza el pensar que están de mi parte la razón y la justicia, así como el deber... y hasta quizás la gratitud.—¿Quién os dice, señores, que no estoy subvencionado por algún rico mercader de la calle de Postas para escribir en favor de la ropa blanca? Ni ¿quién sabe si, como aquellos condenados á muerte que carecen de papel, trazo estas líneas, con sangre de mis venas, sobre los hilos de un pañuelo adorado?

Sea de ello lo que fuere, allá va la defensa del mal llamado mouchoir.

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Son las siete de la más detestable mañana del más riguroso invierno.