Así vimos venir con la influencia del poder absoluto de Luis XIV los reglamentistas literarios que fustigaron á los autores de pasadas anarquías, y con la revolución é invasión francesas la libertad de pensamiento y el instinto de independencia artístico y propio, triunfante en aquella lucha, como el territorial y político.
Pero cuando las revoluciones no provienen de influencias generales, sino de exclusivas y fatales desesperaciones, el vulgo desconfiado á nadie reconoce por jefe, teme encontrar el engaño donde está la autoridad, la celada misteriosa donde le enseñan el deleite, y sin fiarse de nadie, temeroso de todo el mundo, no consiente en ser espectador de nada. Queriendo intervenir en todo, todo se degrada á su contacto, hasta que, convencido, como el niño que quiere acariciar la luna, de su libre impotencia, resígnase escarmentado, oye razones, atiende á consejos y confía, áun amenazando con su cólera, á manos más expertas que las suyas, lo que estas rompen ó desbaratan para que aquellas construyan ó edifiquen. Entonces los sabios crean, los cantores modulan, los poetas cantan y el vulgo, replegándose como en las tragedias antiguas á las filas del coro, deja que le enorgullezcan sus héroes ó que le entusiasmen y glorifiquen sus artistas.
Promovida, á mi ver, nuestra aún no terminada revolución política, más bien por la desesperación que en todos causaban constantes causas de seguros males, que por el deseo de nuevos ideales filosóficos, antes fué acto de cólera y término de paciencia, que meditado deseo de nuevas y radicales formas. Así es que la sociedad no tuvo que extremecerse en sus cimientos, y, más bien como axioma que como problema revolucionario, continuó siendo un hecho en sus primeros días la anterior forma del Estado. No sólo no cambiaron las ideas, sino que conquistaron para sí adversarios antiguos: pero lo que la común desgracia había derrocado tenía que reconstruirlo la desconfianza común. El número fué Deus ex machina, la cantidad engendró la calidad, y ufana y orgullosa de su anterior potencia, largo tiempo ha de durar la tutela de todos sobre el hijo que todos engendraron. Este será periodo de vulgo, que vulgo es la desconfianza, erigida en sistema, y no otra cosa impele á los que están por diversos empujes combatidos. Entre tanto, sólo una forma artística extravagante ó la conveniencia de los más darán triunfo pasajero á todo aquello que en artes, ciencias ó gobierno se elabore.
Quisiera engañarme; pero hablo con entera convicción. No há mucho se publicaron las excelentes obras del malogrado Becquer. Leed las colecciones de los periódicos. Pocas plumas se han deslizado sobre el papel en su alabanza ó censura, y aquel conjunto de sublimes creaciones ó delicadísimos detalles pasa inadvertido ante la grosera mirada del vulgo. ¿Qué escritos han acogido los admirables poemas de Campoamor? ¿Cuáles las poesías del autor de este libro? Algún saludo amigable, apoyo más bien á la especulación industrial que reflejo de atención literaria, es todo el triunfo que puede prometerse el autor del mejor libro en estos prosaicos días. ¿Significa tal cosa que estas obras no se lean? No por cierto. Hay quien las lee, hay quienes las aprenden de memoria; pero escribir sobre ellas, manifestar pública admiración, declarar que se ha dejado uno dominar por algo... ¿A qué conduce eso? ¿Qué ventajas trae? ¿Por qué aumentar una piedra al pedestal sobre que ha de colocarse un individuo, á quien mañana quizás convenga no ver tan elevado? En las épocas en que reina el vulgo, la humanidad se parece á los líquidos por su fluida tendencia al nivel constante. Si elige un jefe, si aplaude un concepto, si compra un libro, es por hallar representada en ellos su propia vulgaridad. En semejantes momentos el genio sólo se eleva sobre la multitud, tiranizándola como Napoleón, engañándola como Sixto V, ó esperando en el reposo del retiro ó de la tumba á que tiempos mejores le hagan completa justicia.
Una cosa es popularidad y otra vulgaridad. Ser amado de las multitudes no es ir envuelto entre ellas. Popular fué Moratín, y Comellas fué vulgar. Más tuvo que luchar Washington para no dejarse arrastrar por el vulgo, que para conquistar su gloria inmarcesible, y en tales momentos es cuando debe apreciar el hombre recto, en todo lo que vale, la fortaleza de los que se resisten á exigencias del momento, prestando fidelidad á los eternos principios de lo bueno y de lo bello.
No dejarse, pues, dominar por el vulgo, ni por huir de él separarse de la verdad para dar en la extravagancia, es el punto matemático, el fiel justo é infranqueable donde debe desarrollarse el espíritu. Quien logra conseguir empresa tan dificil ha hecho una gran cosa; pero el que lo ejecuta en España, donde sólo su propia conciencia le avisa que ha obrado bien, es un héroe.
Al número de estos, y no me ciega el cariño, pertenece el autor de este libro, D. Pedro Antonio de Alarcon.
II.
Cosas que fueron titula su libro, y á la lectura de tan sencillo lema ya se conoce que habla un artista. ¡Lacrimæ rerum! exclamaba Virgilio en su hermosísimo idioma para dar idea de ese mundo de melancolías en que se cierne el espíritu, recordando tiempos que huyeron, á presencia de los mudos objetos que fueron testigos de risueños planes y desengañadoras alegrías. Cosas que fueron, es decir, esperanzas convertidas en realidades, reflejos de aquella época que fué la juventud del autor, la mía, la de todos los que hoy van encaneciendo; sueños que, gracias al milagro de la imprenta y á la fantasía del narrador, jamás perderán su magia; muertos que vivirán siempre; artistas que conquistarán inextinguibles aplausos; sucesos idos que no pasarán nunca; retratos que no se borrarán jamás; frases, suspiros, notas, lineas, paises, aventuras, galanteos, puerilidades, llantos, risas, profecías, historias, toda un alma rica de ilusiones y de observación, de gloria y de sentimientos; toda una colección de años encerrados en un libro, siempre frescos y coloreados con su vigor primitivo, á la manera que el trasparente y bruñido cristal encierra en corto espacio olorosas y puras las mil flores cuyos gérmenes, esparcidos por el extenso llano, nacieron al beso del ardiente sol de un día de primavera.
Cosas que fueron, es decir, cosas que serán siempre: pues, como dice Augusto Ferrán en sus Cantares: