No otra cosa es un recuerdo
que una esperanza perdida.

Este es el libro á que he de poner prólogo, condenado á perpetuo encierro, ante la continuada espectación del público, entre un título que lleva en sí mil promesas y una colección de trabajos que son la ejecutoria brillante de uno de los escritores más personales, más distinguidos y más espontaneos que honran nuestra moderna literatura. No sé qué mala pasada habré jugado á Alarcon, siendo niños; ignoro si querrá vengarse de algún artículo político mío, siendo hombres, ó si intentará desacreditarme para burlarse de mí, siendo viejos; pero es el caso que escribiendo estoy y aún vacilo; pues para honra mía es mucho y para mi autoridad poco, ser yo precisamente designado por él para abrir las puertas del edificio de su ingenio. ¡Quizás no teniendo otra cosa que darme en premio del afecto que le profeso, quiera regalarme un pedazo de su fama, encadenándome á sus escritos! ¡Si esto es así, sea! Ya que no pude edificar el templo de Efeso, lo destruiré. Ya que no puedo publicar un libro como éste, emborronarelo.

III.

Los artículos que contiene esta obra no fueron escritos con la previsión de verlos nunca juntos. Como si fueran pedazos de las entrañas de un internacionalista, cada uno es hijo de una casualidad, y todos fueron publicados en tal ó cual periódico, á medida que el autor los iba escribiendo, no enjuta muchas veces la tinta del original, cuando ya estaban impresos y eran del dominio público. En cualquier país rico ó no indiferente, hubiera bastado la favorable acogida que obtuvieron sus repetidas inserciones en otros periódicos, y el ingenio y originalidad que revelaban para que algún editor hubiera tratado, en aras de su propio interés, de convertir al periodista en base de su fortuna, al propio tiempo que formaba la suya. Pero si Fortuny, Rico, Zamacois y otros pintores, han encontrado en el extranjero un Goupil para sus cuadros, aún no han florecido para los escritores de España los Levy, Dentu y demás inteligentes libreros de vecinas y de luengas tierras, á pesar de ser el habla de Cervantes la más extendida por ambos hemisferios, gracias al esfuerzo de nuestros valerosos é intrépidos progenitores. Trasformado en editor de novelas de á dos cuartos la entrega, prosigue aún su intrépido camino á través del populoso vulgo el antiguo publicador de romances de ciego, viniendo á sustituir á esta literatura en verso, su digna hermana, la que aseguraba hace poco que siendo de noche, sin embargo llovía, y otros milagros por el estilo. Todavía no ha entrado el público español por eso de comprar un libro de un tirón, aunque debo decir, en honor á la verdad, que de cada vez se va operando un saludable trastorno en nuestras rancias y poco civilizadas costumbres, pues las gentes vanse convenciendo de que más vale comprar un libro bueno por un duro, que no ir realito á realito, como quien lo da con miedo, depositando 80 rs. en manos de un editor por otras tantas entregas, llenas de más dislates que trazos de buril contiene la madera de los grabados. Gracias á este pordioserismo de la industria librera, solo el periódico es el punto donde de cuando en cuando, y si lo permiten los extractos del Congreso ó del Senado, las noticias del extranjero, de las provincias y de la capital, los anuncios, la bolsa y algún que otro comunicado, de esos que se pagan bien, es permitido hacer pinitos literarios á algún escritor de buen gusto, con cuyos trabajos tendría en Francia, Inglaterra ó Alemania lo bastante para ser solicitado de editores por todo el resto de su vida, mientras el limón tuviera jugo, y éste produjera con el laboreo de la industria sendos capitales para el productor y el industrial.

Escribiendo artículos, pues, ha pasado muchos años el Sr. Alarcon; por consiguiente, figúrese el público si serán innumerables. Aparte los políticos, que formarán acaso otro tomo, ha prescindido de centenares de revistas de Madrid, de críticas de teatros, de folletines, de polémica, etc., etc., donde, así como Bukingham dejaba caer perlas á su paso, él tiene desparramadas, entre un estilo siempre bello y facil, profundas observaciones, peregrinas ocurrencias ó genialidades tan propias y exclusivas, como encantadoras y felices.—Colecciónanse únicamente aquí los artículos que tienen algo genérico, los que retratan costumbres, los didácticos ó los que son literarios por sí mismos.

Para poder apreciarlos en todo lo que valen como estilo, basta leerlos; mas, para hacerse cargo de las facultades intelectuales de su autor, unidas á la claridad del juicio ó á la intuición del genio, preciso es retrotraer la imaginación á la época en que se escribieron.

Hace quince años España continuaba siendo el mismo territorio que hacía exclamar á Espronceda:

¡Cuán solitaria la nación que un día
poblara inmensa gente:
la nación cuyo imperio se extendía
del Ocaso al Oriente!

Víctima del egoísmo europeo, después de haber herido en medio del corazón al tirano que oprimía el continente, y desangrada en la guerra civil, su política exterior era nula, su industria exígua, sus vías de comunicación vergonzosos anacronismos, y la voz de sus cañones, que habían atronado al mundo lo mismo en su apogeo que en su agonía, no había vuelto á resonar desde muchos años. La marina, que iba renaciendo, estaba virgen y deseaba, para probar sus bríos, las cuestiones que luego llegaron de Africa, América y Occeanía. No había renacido la pintura española. Madrid se moría de sed, las zarzuelas levantábanse prepotentes y pretenciosas, el francés era fiel contraste de los héroes de salones, no se sospechaba la caida de una monarquía y de un imperio, el poder temporal sosteníase firme y enhiesto; la Internacional era una profecía horrible, un fantasma del miedo, y los gérmenes de la disolución social que hemos visto y que el autor señalaba, no eran, ni mucho menos, datos seguros para raciocinar con acierto, en medio del desaliento y de la desesperación que mudos reinaban en las almas.

Era preciso hallarse dotado de gran fé en el arte, de excepcional inteligencia y de una perspicuidad de juicio admirable, para escribir entonces esto que va á leerse coleccionado, sin que ninguno de los sucesos ocurridos sea mentís inexorable de las fantasías del escritor.