Consiste el primero en dirigirme á uno de esos infinitos lores ó banqueros ingleses, solterones, viejos, hipocondriacos, aburridos, excéntricos, que poseen, cuando menos, ochocientos ó nuevecientos mil millones de libras esterlinas, y decirle estas ó semejantes palabras:

—«Señor: vos tenéis setenta años de edad y un caudal inmenso.

»Carecéis de hijos que os hereden, y de tiempo y ocasión en que gozar de todos vuestros tesoros.

»Desprendiéndoos de cien millones de reales, quedaríais aún tan poderosamente rico, que no conoceríais en nada la insignificante merma que habríais hecho en el oceano de oro que surca el pobre bajel de vuestra vida.

»Podríais seguir con los mismos palacios, con los mismos trenes, con la misma servidumbre, con la misma mesa y con la misma cama que tenéis hoy.

»¡Nada perderíais, absolutamente nada; como el Oceano no pierde ni un átomo de su poderío, ni tiene que rectificar sus fronteras, cuando extraemos de él una ó veinte toneladas de agua!

»En cambio, dándome esos cien millones, ganaríais muchas cosas que hoy no poseéis, muchos placeres que nunca habéis sentido, una gerarquía á que no habéis llegado y aquella paz del alma que le falta á vuestra vida.

»Ganaríais respeto entre los buenos, cariño verdadero y gratitud profunda en mi corazón, ufanía de vos mismo á vuestros propios ojos y títulos meritorios ante la misericordia divina.

»Tendríais en mí un hijo, y una familia en la mía; familia é hijo sumamente respetuosos y amantes (y además muy desinteresados), que no se alegrarían de vuestra muerte, sino que la llorarían de todas veras; dado que, habiéndoos heredado en vida, ningún legado esperarían ya en vuestro testamento.

»Viviríais oyendo nuestras bendiciones...