—La dificultad... (prosiguió mi amigo aún más filosóficamente): la dificultad consiste en otras muchas cosas.

—¿En qué cosas?

—Primeramente, en la concurrencia, ó sea en la competencia.—Tan luego como tú echases á volar el anuncio ó reclamo, y viesen tus prójimos que el negocio prometía, en cada ciudad del mundo aparecería un prospecto ofreciendo una edición económica de tu noticia: es decir, que los kurdos, los mongoles, los japoneses, los hotentotes, los franceses, los italianos, todos y cada uno de los pueblos á quienes pidieras el cuarto, darían de sí un industrial que ofreciese revelar el día del fín del mundo por un ochavo, ó sea con un 50 por 100 de rebaja. En segundo lugar, muchos pueblos del globo no tienen todavía moneda. En tercer lugar, carecen de periódicos y demás medios de publicidad, de modo que tu proyecto tardaría cuarenta ó cincuenta años en llegar á conocimiento de todos los hombres. En cuarto lugar, para entenderte con el género humano entero, necesitarías poseer todos los idiomas del mundo, ó buscar personas que los poseyeran, lo cual es prácticamente imposible. En quinto lugar, como tú no tendrías medios de declarar la guerra á la Nación que te estafase, resultaría que muchos Gobiernos, sobre todo en los pueblos incultos, harían la cobranza y se comerían tu sangre, como el otro que dice. En sexto lugar...

—¡No te canses, Pepe! (interrumpí yo). Estoy convencido. ¡Ni el hombre ni la humanidad me darán los cien millones! ¡El hombre, ó sea el inglés, será sordo á mis argumentos! ¡La humanidad, hostil á mis intereses!—¡Oh! ¿Dónde está la familia humana? Si todos los pueblos de la Tierra hablasen una misma lengua y tuviesen tratados aduaneros mancomunes, ó (lo que sería mejor) no tuviesen aduanas; si en todas partes fuesen iguales los pesos, las medidas, la moneda, las costumbres, la forma de gobierno, las modas y las creencias, ¡qué especulaciones tan grandes, qué negocios tan gigantescos podrían hacerse! ¡Desde luego, yo les sacaría sin sentir á los hijos de Adán esos cien millones de reales!

IV.

Ahí tenéis los dos únicos medios que se me han ocurrido en toda mi vida para lograr la susodicha cantidad.—Ambos han sido declarados ineficaces por personas competentes; y yo, aunque no convencido del todo ni de la competencia de éstos ni de la ineficacia de aquéllos, la verdad es que he renunciado á ponerlos en planta.—¡Graduad mi desesperación!

Sin embargo, como el que no se contenta es porque no quiere, heme dedicado últimamente á buscar la equivalencia de esa cantidad dentro de mí mismo, y dentro de mí mismo la he encontrado...

¿Qué no encontrará el hombre en su corazón ó en su cabeza, en sus sentimientos ó en su fantasía, si sabe sondearlos?

El alma humana es un reflejo del infinito, y hasta quizás el infinito mismo. El alma es como una reducción fotográfica de la Creación, y en ella están condensadas todas las obras de Dios; pero tan condensadas, que á primera vista sólo vemos un punto negro. Un punto negro es también el mundo exterior, cuando lo velan las tinieblas, y dentro de ese punto están comprendidas, sin embargo, todas las cosas. Sólo falta un rayo de luz que disipe las sombras, para que las cosas se esclarezcan y el punto se convierta en el universo. Y para que la reducción fotográfica de nuestro espíritu descubra todos los tesoros que guarda, basta que le apliquemos el vidrio de aumento de la fé ó de la inspiración.—Tienen ojos y no ven, dice el Evangelio.

¡Sí! ¡yo he encontrado dentro de mí, en los bolsillos de mi imaginación, esos cien millones de reales!