—Atiende y la sabrás.—¿Cuántos habitantes tendrá la Tierra?
—Yo creo que tendrá de novecientos á mil millones...
—Me contento con que la habiten ochocientos cincuenta millones de seres humanos.—Yo necesito buscar el modo de que cada uno de ellos me dé un cuarto. Conseguido esto, heme ya poseedor de cien millones de reales.
—Exactamente... (respondió mi amigo.) Has echado bien la cuenta.
—Nadie me llamará ambicioso. ¡No hay pobre tan pobre que no tire diariamente un cuarto, ni hay padre que no lo dé hasta por su niño recién nacido, si se trata de procurarle alguna cosa muy precisa!—Ahora bien; para que esta cosa muy precisa, Tendida á cuarto, me deje un cuarto de ganancia, yo necesito: 1.º, que no me cueste nada: 2.º, poder llevarla á todos los puntos de la Tierra sin gastos de conducción ó de trasporte; y 3.º, cobrar todos y cada uno de esos cuartos sin descuento ni quebranto alguno.—Por consiguiente, mi mercancía no ha de ser física; ha de ser moral.—Siendo moral, no me cuesta nada el adquirirla, ni el trasportarla, y logro al mismo tiempo simplificar la cobranza de tal manera, que con hacer cuatro grandes viajes (cosa que deseo muchísimo) á las cuatro Partes del Mundo que aún no conozco, habré cobrado los cien millones.—Me explicaré.
Supongamos que digo á los habitantes del Planeta:—«Señores: yo soy adivino. Yo sé qué día va á acabarse el mundo; y la prueba de que lo sé, es esta, y esta, y la otra... Sin embargo, yo no se lo diré á nadie, á menos que cada habitante de la Tierra me pague cuatro maravedís adelantados. ¿Quién, por un cuarto, no querrá saber con anticipación la terrible fecha del día del Juicio?—Pues bien: vosotros, europeos, mandaréis ese cuarto á Madrid, calle de tal, número tantos, para lo cual podéis reuniros por Municipios, enviar vuestro contingente á las Capitales de provincia, de las Capitales de Provincia á las Metrópolis, y de las Metrópolis á mi casa; ó bien podrá partir la iniciativa de los Gobiernos, adelantándome cada uno la cantidad que corresponda á su Nación, con arreglo á los habitantes que ésta cuente, imponiendo luego una capitación de á cuarto por persona, ó inventando un arbitrio nuevo sobre cualquier operación inocente é imprescindible de la vida.—Vosotros, africanos, haréis lo mismo en Ceuta: vosotros, asiáticos, podréis reunir vuestra cuota en Bombay: vosotros, americanos, en la Habana; y vosotros, habitantes de la Oceanía, girad sobre Manila, que es ciudad española.»
Esto diría yo á los habitantes de la Tierra.
Con el contingente de Europa, que, según te he indicado, podría cobrar en mi casa, emprendería el viaje á Ceuta, á Cuba, á Filipinas y á la India, y al cabo de un par de años me encontraría poseedor de todo mi dinero y autor de un viaje de circunvalación.—Entonces, ó ya se les habría olvidado á todos que me habían dado la despreciable cantidad de un cuarto, ó diría yo para cumplir: «El mundo se acaba dentro de dos siglos.» ¡Y que fueran á buscarme al terminar el plazo!—Queda, pues, reducida la dificultad á probar y hacer creer que soy adivino.
—Eso es facil...—murmuró Pepe con acento filosófico.
—¡Y tan facil!—repliqué yo.