Después de desahogarme á mis anchas con tales ó parecidas exclamaciones, consideré oportuno, al cabo de algún tiempo, renunciar á tan sencilla idea, y dí cabida á esta otra, que no me pareció menos feliz y peregrina.
III.
—Pepe... (dije un día á cierto José que tiene mucho talento, pero que necesita otros cien millones de reales): Pepe, ¡eureka!
—¿Cómo? ¿Qué has encontrado?
—¡Los cien millones de reales!
—¡Son partibles!—exclamó Pepe.
—No es necesario... (repliqué yo.) Te regalo otros ciento.
—¡Esto es serio! (repuso Pepe, acercando su silla á la mía.) Explícame tu idea.
—¡Es una idea de primer orden!...
—Veámosla enseguida.