»¡Qué viajes tan útiles y tan aprovechados haríamos juntos! ¡Cómo emplearía en el bien la influencia que mis cien millones me darían cerca del Gobierno! ¡Qué periódico tan independiente fundaría, que dijese la verdad al público! ¡Cuántas feas me deberían su dote, su casamiento y su felicidad! ¡Qué conciertos, qué comidas, qué reuniones literarias, qué concursos, qué torneos, qué de maravillas habría en mi casa!
»¡Oh, señor inglés! ¡Oh, señor lord! ¡Oh, señor banquero!... Os veo conmovido... (continuaría yo exclamando.) ¡La verdad de mis palabras ha lucido ante vuestros ojos! ¡Vos mismo no habéis podido menos de asombraros al pensar en el ruido, en la gloria, en el provecho que podrían dar al mundo esos cien millones que duermen en vuestra arca, inútiles, mudos, empolvados, envilecidos en un ocio abominable! ¡Vos mismo os habéis espantado del inmenso poder que adquiere el dinero en unas manos como las mías! ¡Vos acabáis de recordar aquella gran frase de un filósofo: La prueba del poco aprecio que da Dios al dinero está en la clase de gente á quien se lo otorga á manos llenas! ¡Vos, en fín, sentís ya remordimientos de haber sido hasta aquí tan estérilmente rico, de no haberme conocido antes, de no haber adivinado mi existencia, de no haberme dado esos cien millones... no bien puse los piés en vuestra casa!»
Ahí tenéis mi primera idea.
¡Creo que es magnífica!
Yo, á lo menos, juro que, si me viera en el caso del inglés que he descrito; si fuera él y se me presentase un joven como yo y me dirigiese una arenga semejante á la que acabáis de oir..., le entregaría sin vacilar los cien millones...
¡Se los entregaría, sí! ¡Lo juro por lo más sagrado!
Pues bien: varias veces he consultado esa idea con hombres de mucho mundo y de grandísima experiencia, y todos me han aconsejado... «que no vaya á Londres, si no quiero perder el dinero del viaje.»
Es decir, que mis consejeros opinan que el inglés no haría caso de mi arenga, y que desde luego me tomaría por loco.
¡Es decir (y aquí necesito ya hacer uso de las admiraciones), que mi colosal idea sería desconocida, befada y despreciada, como lo fué mucho tiempo la de Colón, como lo fué la de Galileo, como lo es la de Montemayor!
¡Es decir, que el mundo seguirá siempre sordo á la voz del genio, ciego á la luz de la verdad, insensible á los rayos de la inspiración!!!