»Yo sé dónde está la verdadera miseria, digna de solícitos socorros; cuáles son los mejores platos y los mejores vinos, los mejores cigarros y el mejor café; qué sastre es el más habil; qué virtudes merecen recompensa; qué mujeres resultan más encantadoras; qué poetas y qué sabios necesitan protección; qué muebles son los más cómodos; qué trenes los más bonitos; qué libros los que no tengo, y qué clase de vida la más provechosa para el cuerpo y para el alma.—Yo soy artista.

»Yo tengo hecho, en fín, mi presupuesto de gastos...

»Sólo me falta el de ingresos.

»Yo tengo estudiadas á las mil maravillas todas mis necesidades...

»Sólo me falta dinero para satisfacerlas.

»No sería yo ciertamente uno de esos hombres á quienes estorban los millones para ser personas decentes. No sería yo ese becerro de oro que patrocina el mal gusto, que levanta edificios abigarrados, que afea y vulgariza cuanto toca. No sería yo como el mayorazgo calavera que gasta su patrimonio en proteger neciamente el vicio, en fomentar locamente el mal. No sería yo como el insensato pródigo que vive en perpetuo escándalo, pagando comilonas á vagos y parásitos que se ríen de él y lo arruinan. No sería yo como el vil avaro, solterón, egoista, que pasa la vida contando su dinero, lleno de privaciones y de zozobras, para que el mejor día la portera de su casa se lo encuentre muerto en un miserable catre de tijera, y cargue con las onzas de oro que él ha colocado en simétricos cartuchos. No sería yo como el desatentado jugador, ni como el imbecil domador de bailarinas; ni tampoco como el sandio especulador, que pudiendo llevar una vida sosegada, lleva una vida de perros, con tal de doblar un capital que, después de doble, no puede retribuirle los afanes ni el tiempo que le ha costado doblarlo...

»¡Oh! no; yo no sería nada de eso.

»Yo gastaría mi dinero como filósofo, como artista, como cristiano. Procuraría ante todo estar en paz con mi alma, y que mi alma estuviera también en paz con Dios: protegería el mérito; premiaría la virtud (no en públicos certámenes); socorrería la miseria; fomentaría, en fín, las ciencias, las artes y la literatura. ¡Cada onza mía dejaría un rastro luminoso en la historia del género humano!

»¡Cuántas grandes obras se realizarían bajo mis auspicios! ¡Qué preciosidades artísticas adornarían mis salones! ¡Hasta la fachada de mi palacio sería un monumento público, un recreo para todos, una página para la civilización, una ufanía para mi siglo!

»¡Y cuántas familias haría yo felices! ¡Cuántos genios ignorados sacaría yo á luz!... ¡Yo, que conozco tantos y tantos que sólo necesitan veinte duros para brillar!...