Estabas fea, asquerosa..., y te dejé.

A mi regreso á casa, ví en el balcón á Dolores, y la saludé tiernamente... Me acordé de tí... y—¡óyelo!—suspiré de nuevo.

Conque adios: hasta el año que viene.

III.

Muy señor mío: Hace algunos años, desde el borde del sepulcro, me prometió V. irónicamente venir, si podía, luego que muriese, á darme la razón, suponiendo que yo la tuviera, en nuestra constante polémica acerca de los destinos de la humanidad, de la existencia del espíritu, de la inmortalidad del alma.

Tenía V. ochenta años, y yo diez y ocho, cuando reñíamos tan tremenda batalla. Usted era ateo, y yo creyente. V. se acercaba á la tumba diciéndome: «Dentro de pocas horas habré vuelto al sueño de la nada...», y yo penetraba en la existencia diciéndole á V.: «Nuestra vida mortal es el verdadero sueño del espíritu, y con la muerte del cuerpo principiará el despertar del alma.»

Han pasado algunos años desde que murió usted, y, aunque no me ha cumplido su promesa de aparecérseme una noche para contarme los reinos de ultra-tumba, debo decirle á usted que no por eso he dudado de que semejantes reinos existan.

Yo ví á V. arrojar el último suspiro entre una sonrisa de incredulidad, es cierto; pero con la calma del hombre valeroso y honrado cuya vida había sido un modelo de virtudes domésticas y sociales!—«¡Hasta nunca!» fueron las últimas terribles palabras que pronunció V., continuando así nuestra polémica desde las mismas regiones de la muerte.—«Hasta luego,» le contesté yo á V. cerrando sus ojos con mi cariñosa mano.

Usted no me oía ya. El problema estaba resuelto para su alma. Acababa V. de morir.

Entonces coloqué mi mano sobre su fría y calva frente, que tan altiva se alzaba al cielo pocos momentos antes, y medité:—«¿Dónde está (me dije) aquel espíritu de investigación que tenía aquí su asiento? Aquella idea inmensa que llenaba los espacios y los siglos, y llevaba aún más lejos su curiosidad sublime, ¿dónde está?—¿En este cadaver?—No.—Pues ¿dónde?»