LO QUE SE VE
CON UN ANTEOJO.
I.
acia la mitad del mes que viví encerrado (porque tal fué mi gusto) en el Castillo de Gibralfaro, sucedió que cierta mañana, después de almorzar sosegada y grandemente, cogí un magnífico anteojo que había puesto á mi disposición el Gobernador de la fortaleza, salí de mi pabellón, y me dirigí hacia la Batería de Poniente.