Este debió de oir preparar...; debió de oir la voz de mando...

Los cuatro soldados se echaron las carabinas á la cara...

Pero, en esto, se enturbiaron los cristales del anteojo..., y no ví más.

¡Acaso eran mis ojos los que se enturbiaban!

Levantéme á impulso de un rapto de ira; me golpeé la frente con las manos, y miré al sitio fatal...

Allí estaba el hormiguero.

Encima de él oscilaba un poco humo...

Era lo único que se distinguía á la simple vista.

La Naturaleza continuaba entre tanto esplendorosa, risueña, palpitante bajo las caricias del sol, como una mujer enamorada...

El mar, el campo, la atmósfera, todo había permanecido indiferente ante la ridícula soberbia del hombre.