Era joven; había regularidad en su semblante; tenía la barba algo crecida, los ojos vagos, la tez cárdena y lustrosa.
Atáronlo, y no se resistió...
Ni tembló siquiera.
Sin duda estaba ya imbécil.
Le vendaron los ojos...
¡Ay!... quedaban pocos minutos.
Él lo sabía..., y no botó sobre el patíbulo; y no dió un grito espantoso; y no exclamó, reventando: «¡mi vida! ¡mi vida!»
¡Él, un hombre tosco, sin reflexión, sin ideas, sin capacidad para el heroismo, sin condiciones de mártir!
¡Oh Religión! ¡Qué inagotables son tus consuelos! ¡Cuántos bienes derramas todavía sobre la Tierra!
Cuatro compañeros de aquel hombre atado, vendado, inmóvil, agonizante y lleno al mismo tiempo de vida, de robustez y de salud...; cuatro carabineros, cuatro amigos suyos tal vez, se destacaron de una fila, avanzaron al centro con paso acelerado, alevoso, maldito, y se pararon en frente del condenado.