El sacerdote se sentó en el banquillo.
Y el patíbulo dejó de ser infame.
¡El ministro de Dios no habría olvidado decir á aquel manso cordero, que Jesucristo sufrió la misma afrenta!
El reo se arrodilló á los piés del sacerdote, y empezó la confesión...
¡Reo! ¡acúsate de que eres hombre y que vives entre los hombres!
Ya diré antes de concluir cuál era el crimen de aquel pobre hermano nuestro.
El reo se sentó á su vez en el banco...
¡Ni un movimiento de repulsión!
Yo lo veía ya de frente.