Entonces, los clérigos le presentaban un Crucifijo.
Y el reo andaba.
Se comprendía que el afán de los Ministros de Jesucristo era extirpar en el moribundo aquellos deseos de libertad (última, loca y suprema esperanza de la desesperación), y hacerle ver apetecible el martirio, aceptable aquel banco, gloriosa aquella muerte.
Yo no oía, ni podía oir... Pero veía la enérgica y elocuente gesticulación de uno de los sacerdotes; veía sus inspirados y santos ademanes, la noble llama que brotaba de sus ojos, las tiernas caricias que hacía al insensato reo...
Veía esto, y veía á la víctima caminar con paso firme, resuelto, decidido... ¡Estaba ansiosa de entrar en aquella otra vida que le ofrecían, vida donde ya no sería juguete de tantos lobos sanguinarios, vida en que no habría capitanes, ni soldados, ni fusiles, ni nada de lo que había caido sobre él como una montaña de plomo!
¡Ah! ¿Quién sino la Religión, convencería á ese hombre de que la muerte es la felicidad?
¿Quién, sino ella, le haría asir el cáliz con mano tranquila y llevarlo mansamente á los labios?
¿Quién, sino tú, divina Religión de los cristianos, quitaría su ignominia, su horror y su ferocidad á esa muerte arbitraria, evitable, no decretada por Dios, ni conforme á las leyes de la naturaleza?
¿Quién, sino tú, apagaría el instinto de la carne, de la sangre, de los nervios, que lo retraen, que lo apartan de aquel sitio, que le impulsan á que se resista, á que luche, á que rabie, á que muerda, á que patee, á que diga, en fín, que no, que no quiere morir..., que no quiere, que no puede, que no debe?
Ved aquí el más grande triunfo del espíritu sobre la materia, del alma sobre el cuerpo.