¡Oh! sí... ¡Cuán mezquino, cuán insignificante era todo lo que había visto, todo lo que iba á ver, comparado con el sol, con el mar, con el cielo, con aquellos tres grandes reflejos de Dios que embelesaban mi alma!
Entonces exclamé, como si pudiera ser oido por la distante muchedumbre:
—¡Miserables! ¿Qué vais á hacer? ¿Qué entendéis vosotros de fuerza, de justicia, ni de leyes? ¡Si rodara un trozo de esa montaña, os aplastaría á todos, jueces, soldados, criminal y verdugos! ¡Si avanzasen un poco las olas de ese mar, os sorberían como á granos de arena! Figuráos que Dios desencadenase á cualquiera de los ejecutores de su cólera, á la tempestad, á la peste, al terremoto... ¿Creéis que sólo mataría á ese llamado reo? ¡Vosotros, que os llamáis inocentes, moriríais al par del culpable!—Esa muerte, ese hecho de matar que tenéis en tanto, porque no sabéis hacer otra cosa, ¿no os recuerda ¡imbéciles! que todos estáis sentenciados á morir, y que, si respiráis, si vivís, si tenéis acción para matar á nuestro hermano, lo debéis á la clemencia de un insecto que no emponzoña vuestra sangre, ó á la piedad de un soplo de viento que no os borra de la superficie de la tierra?
VI.
Cogí de nuevo el anteojo, y en un momento me hallé otra vez en medio del teatro del suplicio.
El reo, entregado ya á los sacerdotes, marchaba atónito por el centro del cuadro.
De vez en cuando alzaba la cabeza y miraba la luz, el día, el sol, el cielo...
Aquello, hecho maquinalmente, significaba sed de libertad.
Luégo, parándose, miraba á su alrededor...
¡Estoy seguro de que veía mil millones de hombres y de bayonetas!