Son del tenor siguiente:
III.
Figuraos que ayer, día 31 de Diciembre de 1858, á eso de las once de la noche (de esa noche que parece más tenebrosa que ninguna, porque es la noche de un año al par que la de un día), volvisteis á la antigua maña de pensar en la brevedad de la existencia. Figuraos que además estabais tristes, porque habíais perdido para siempre alguna prenda adorada (la madre que rizaba vuestros cabellos cuando niño, ó el padre que os explicó la naturaleza, ó la mujer que iluminaba vuestra alma, ó el amigo que hospedabais confiados en lo más íntimo del corazón): figuraos, en fín, que aún eran los tiempos del romanticismo, en que se estilaba ir á llorar de noche á los cementerios, y que vos erais romántico y os dirigisteis allá á la vaga luz de los luceros...
Pasemos por alto el frío que anoche haría á esa hora fuera de puertas, y supongamos que os sentasteis en una sepultura, en la sepultura querida, y que fijasteis los ojos en el cielo.
Miles de astros ardían en el sitio de siempre, como arderán el día de San Silvestre del año de 1858, si entonces no se ha trasladado esta fiesta á otro mes, y como ardían hace cinco mil años, cuando San Silvestre no había venido todavía al mundo.
El cielo, infinito y transparente; la tierra, oscura y limitada; la capital de los vivos, que dejasteis á vuestra espalda bailando y echando los años; la capital de los finados, tan inmóvil y silenciosa como si no la habitara nadie; la poca historia que habéis leido y la mucha poesía que tenéis en el alma..., todo se agolpó en aquel momento á vuestra imaginación, y empezasteis á pensar en cosas tan grandes y extraordinarias, que la lengua no tendría palabras para verterlas...
Las almas de los muertos, encarnando en vuestra memoria (permitidme la frase), vagaban entre vos y el cielo, y lágrimas ardientes bañaban vuestras megillas. Todo el amor, toda la caridad, toda la virtud que economizáis en el mundo, y la justicia que echáis de menos en la tierra, daban gritos por salir de vuestro corazón... Ello es que sollozabais sin saber por qué.
—¡No han muerto, no (decíais), ni los seres que lloro ni las virtudes que no practico! ¡No han muerto ni mi fé, ni mi entusiasmo, ni mis padres y maestros, ni mis amigos y mis amores! ¡No han muerto, no, mi inocencia, mi esperanza, mis creencias, mi alma, en fín! ¡Mentira y vanidad es cuanto ansié en la tierra: mentira y vanidad aquella vida; mentira y vanidad son el poder y las riquezas y los honores; pero mi alma, pero mi llanto, pero mi Dios no son ni vanidad ni mentira!
Supongamos que en este momento dieron las doce los relojes de Madrid.
¡Era año-nuevo!