Los muertos no añadieron un guarismo á la losa de su sepultura, ni los astros brillaron más ni menos que el día de la creación.

Entonces dijisteis:

—Para las tumbas y para el cielo, el tiempo no tiene medida. El alma carece de edad; y, mientras caen deshechos los ídolos de barro que erige la soberbia del hombre, el espíritu se purifica en el destierro para asistir al banquete de la Inmortalidad. El tiempo es el verdugo del que duda y el amigo del que espera.

A lo que añado yo:

—La división del tiempo significa miedo á la muerte. Para el alma no hay más siglos, ni más años, que una noche de miedo y pesadilla, y un día de gloria y bienaventuranza.

¡Si hoy nos cercan las tinieblas, esperemos confiados la aurora del nuevo día!

Madrid.